La vagina tiene su propio ecosistema bacteriano —el microbioma vaginal— dominado principalmente por bacterias del género Lactobacillus. Estas bacterias producen ácido láctico, mantienen el pH vaginal entre 3.8 y 4.5 (ácido) y protegen contra infecciones por patógenos oportunistas. Cuando este ecosistema se desequilibra, las consecuencias van desde el flujo con olor hasta infecciones recurrentes.
Lo que mantiene el microbioma saludable
Los Lactobacillus necesitan un ambiente ácido para prosperar. El estrógeno promueve la producción de glucógeno en el epitelio vaginal, que sirve de alimento para estas bacterias. Por eso el microbioma vaginal es más robusto durante los años reproductivos con niveles adecuados de estrógeno, y más vulnerable en la infancia, la menopausia y durante la lactancia.
Lo que altera el microbioma
Antibióticos: el impacto más drástico. Eliminan también los Lactobacillus, abriendo el camino a la vaginosis bacteriana y la candidiasis.
Jabones y productos de higiene íntima con pH alcalino: el jabón convencional tiene pH de 8-10 (alcalino). Usado en el interior vulvar altera el pH protector. Solo agua tibia en el interior, jabón neutro en el exterior si es necesario.
Duchas vaginales: la vagina se autolimpia. Las duchas internas son contraproducentes y aumentan el riesgo de infecciones ascendentes.
Preservativos con espermicida o lubricantes con clorhexidina: pueden alterar el microbioma vaginal.
Probióticos vaginales
Los suplementos de probióticos orales o vaginales con cepas específicas de Lactobacillus (rhamnosus y reuteri principalmente) tienen evidencia en la prevención de infecciones recurrentes y en la restauración del microbioma después de antibióticos.