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27 Oct, 2026

Barro entre las manos

Relato ilustrativo.

Barro entre las manos

El taller de cerámica de Paula quedaba en una bodega reformada, con ventanales altos, estantes llenos de piezas todavía crudas y un olor permanente a tierra húmeda que a Inés le parecía el mejor olor del mundo. Tenía treinta y seis años, una oficina en la que pasaba el día frente a una pantalla, y los jueves por la noche eran lo único que sentía realmente suyo.

Esa noche las demás alumnas se fueron temprano. Había un partido, una cena de cumpleaños, un hijo con fiebre. A las ocho y media quedaban solo ella y el torno que no lograba domar.

—Otra vez se te va de lado —dijo Paula desde la mesa de trabajo, sin levantar la vista del cuenco que alisaba.

—Es que me tiembla el pulso cuando me ven.

—Nadie te está viendo.

—Tú me estás viendo.

Paula sonrió despacio, se limpió las manos en el delantal y caminó hasta ella. Tenía cuarenta y un años, el cabello castaño recogido con un lápiz, los antebrazos fuertes de quien lleva media vida amasando arcilla, y una forma de moverse sin prisa que a Inés le provocaba un cosquilleo en la nuca desde la primera clase.

—Déjame mostrarte —dijo.

Se colocó detrás de ella, de rodillas junto al banco, y le cubrió las manos con las suyas. Estaban tibias y resbaladizas. El torno giraba, el barro subía entre los dedos de las dos como algo vivo, y Inés sintió el pecho de Paula apenas apoyado contra su espalda, el aliento rozándole la oreja.

—No lo aprietes —murmuró Paula—. Pídele que suba. Más suave. Así.

La pared del cuenco se alzó, delgada y pareja. Inés dejó de respirar. Ya no estaba segura de si hablaban del barro.

—Paula —dijo, y la voz le salió más baja de lo que pretendía—. Tengo que decirte algo y no sé cómo.

El torno siguió girando un momento más. Paula levantó el pedal, y el silencio llenó la bodega.

—Dilo como salga.

—Llevo tres meses diciendo que vengo por la cerámica. Y me encanta la cerámica. Pero vengo los jueves porque quiero estar cerca de ti. Nunca he estado con una mujer y no sé si esto es lo que quiero o si me estoy inventando cosas, pero cuando me tocas las manos se me olvida cómo se respira.

Paula no se apartó. Le sacó con cuidado las manos del barro, las sostuvo entre las suyas, manchadas de gris, y esperó a que Inés girara la cabeza para mirarla.

—Gracias por decírmelo así —dijo—. Yo también he pensado en ti más de lo que debería una maestra. Pero quiero que esto sea tuyo, ¿me entiendes? Nada de prisa, nada de «ya que estamos aquí». Si en algún momento quieres parar, aunque sea a la mitad de un beso, me lo dices y paramos, y el jueves siguiente seguimos con los cuencos como si nada.

—No quiero parar —susurró Inés.

—Entonces dime qué quieres tú.

Inés pensó un instante y descubrió que la respuesta era sencilla.

—Que me beses.

Paula le tomó la cara con las dos manos, sin importarle el barro, y la besó. Fue un beso lento, curioso, que sabía a té de jazmín. Inés sintió que algo se le aflojaba por dentro, algo que llevaba años apretado, y le rodeó el cuello con los brazos y devolvió el beso con una hambre que la sorprendió.

—Ven —dijo Paula—. Aquí hay una manta limpia en el cuarto del horno.

El cuartito guardaba el calor del día. Paula extendió la manta sobre una pila de costales, apagó la luz grande y dejó encendida una lámpara baja que lo teñía todo de ámbar. Se quitaron el delantal una a la otra, riéndose bajito de las huellas grises que quedaban en la ropa, en el cuello, en las clavículas.

—Mira nada más —dijo Paula, trazando con un dedo una mancha en el hombro de Inés—. Ya eres una pieza firmada.

Inés se dejó desvestir con una mezcla de vergüenza y ganas. Cuando quedó desnuda bajo la lámpara, Paula se detuvo a mirarla sin disimulo, con una admiración tan franca que la vergüenza se le fue evaporando.

—Eres preciosa —dijo—. ¿Te lo dicen lo suficiente?

—No lo suficiente.

—Pues voy a compensarlo.

Se tendieron sobre la manta. Paula la besó en la boca, en el cuello, en la curva del hombro, y fue bajando con una paciencia que casi resultaba cruel, deteniéndose en cada rincón para preguntar con la mirada si podía seguir. Inés asentía, se arqueaba, enredaba los dedos en el cabello de Paula y el lápiz salió volando por algún lado.

Cuando la boca de Paula llegó por fin entre sus muslos, Inés soltó un suspiro largo y temblón. Fue distinto de todo lo que había imaginado: cálido, atento, sin ninguna urgencia, como si Paula estuviera aprendiendo su cuerpo igual que se aprende un barro nuevo, sintiendo hasta dónde cede, cómo responde, qué tan suave quiere que sea. Inés le decía «así» y «ahí» y «no pares» con una voz que no reconocía, y Paula obedecía con una sonrisa que Inés sentía más que veía, hasta que el placer le subió desde el vientre en una ola amplia y la dejó sin aire, aferrada a la manta, con los ojos cerrados y una risa de asombro atorada en la garganta.

Se quedó un rato así, temblando, mientras Paula subía besándole el vientre y se acomodaba a su lado.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo… —Inés se rió—. No sé cómo se dice. Todo bien por primera vez en años.

—¿Quieres que te enseñe una cosa?

—Lo que quieras.

—Me gustaría que me tocaras tú. Pero con calma. Yo te guío, igual que con el torno.

Y Paula le tomó la mano, la llevó despacio por su propio cuerpo, le mostró dónde y cómo, le dijo «más lento» y «sí, justo ahí» con la voz entrecortada. Inés descubrió que le gustaba mucho ser quien provocaba esos suspiros. Descubrió el peso tibio de un pecho en la palma, la piel suave del interior de un muslo, la manera en que Paula cerraba los ojos cuando algo le gustaba de verdad. Y cuando Paula se estremeció contra su mano, con un gemido corto y casi sorprendido, Inés pensó que ninguna pieza que hubiera hecho jamás se parecería a eso.

Se quedaron abrazadas, desnudas y manchadas de gris, mientras el horno ronroneaba al otro lado de la pared.

—Mañana en la oficina voy a tener que explicar por qué traigo barro en el pelo —dijo Inés.

—Dile que tomaste una clase muy intensa.

—Lo más intenso que he tomado en la vida.

Paula rió contra su cuello. Un rato después, ya vestidas a medias, volvieron al torno por el cuenco abandonado. La pared se había vencido un poco, pero Paula no lo corrigió.

—Lo cocemos así —dijo—. Va a salir torcido, y va a ser la mejor pieza del taller.

—¿Y el jueves que viene?

—El jueves que viene —sonrió Paula, limpiándole una mancha de la mejilla con el pulgar— te toca hacer una taza. Con asa. Para dos.

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