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25 Oct, 2026

Brindis en la azotea

Relato ilustrativo.

Brindis en la azotea

La fiesta de fin de año de la empresa se había mudado a la azotea, entre luces colgadas y copas de plástico, y Lucía llevaba una hora tratando de no mirar a Tomás. Fracasaba con elegancia. Él estaba junto al barandal, con la camisa arremangada y una copa en la mano, escuchando a alguien de contabilidad con esa atención amable que ella conocía de memoria, de tantos meses compartiendo escritorios contiguos.

Se habían hecho amigos sin darse cuenta. Café a media mañana, memes enviados por el chat interno, una tarde de febrero en que la acompañó al coche cuando el estacionamiento se quedó a oscuras. Nunca había pasado nada. Pero Lucía sabía exactamente en qué momento del día él levantaba la cabeza para buscarla con la mirada, y sabía que ella también lo hacía.

—Estás huyendo —dijo una voz a su lado.

Era Tomás, que se había desprendido del grupo y ahora se recargaba junto a ella, mirando la ciudad iluminada que se extendía a sus pies. A esa altura, el ruido de la calle llegaba como un murmullo lejano.

—Estoy observando —corrigió ella.

—¿Qué observas?

—Que nadie en esta fiesta parece tener frío menos yo.

Tomás se quitó el saco, que había dejado colgado en una silla, y se lo puso sobre los hombros sin pedir permiso, aunque con una pausa que sí era una pregunta. El saco olía a su perfume y a la noche. Lucía se lo ajustó con las dos manos y no dijo gracias; dijo algo mucho más honesto, aunque no lo planeó.

—Llevo todo el año queriendo que hicieras eso.

Tomás tardó un segundo en responder. Giró la copa entre los dedos, miró el reloj de la torre más cercana y luego a ella.

—Faltan cuatro minutos para las doce —dijo—. Si te digo una cosa, ¿prometes no huir?

—Prometo quedarme.

—Yo también llevo todo el año. Cada vez que te veía llegar con el café, cada vez que te reías de algo que decía. Y no hice nada porque pensé que era mejor no arriesgar lo que teníamos. Pero esta noche pensé: ¿y si lo que tenemos puede ser más?

Lucía sintió que se le cerraba la garganta, pero no de miedo. Era esa emoción rara de cuando algo que llevas un año imaginando se pone, por fin, frente a ti y es mejor que la versión que tenías en la cabeza.

—Más —repitió—. Me gusta cómo suena.

La cuenta regresiva empezó en el otro extremo de la azotea: diez, nueve, ocho. Alguien destapó una botella. Los grupos se juntaron, se tomaron de los hombros, rieron a gritos. Ellos dos no se movieron, apenas separados, como si el resto del mundo estuviera sucediendo detrás de un cristal.

—¿Puedo? —preguntó Tomás, bajando la voz, cuando iban en cinco.

—Pregúntalo en tres —dijo Lucía, sonriendo—. Para que sea más emocionante.

Él se rió, y en tres se inclinó. Se oyó el uno, estallaron los gritos, subieron al cielo unos cohetes lejanos, y Lucía cerró los ojos y se dejó besar por primera vez, con el saco de él sobre los hombros y la ciudad entera brillando abajo. Fue un beso cálido, que empezó despacio y terminó sin querer terminar. Ella le puso una mano en el pecho y notó su corazón latiendo tan rápido como el suyo.

Cuando se separaron, alrededor de ellos todos brindaban, abrazaban, deseaban cosas buenas a cualquiera. Nadie los miraba. Tomás apoyó su frente en la de ella.

—Feliz año, Lucía.

—Feliz año. —Ella alzó su copa casi vacía—. Brindemos por el que empezamos mal y terminamos bien.

Chocaron las copas, bebieron el último trago y se quedaron un rato más contemplando las luces, sin decir nada, con las manos entrelazadas a escondidas bajo el saco. Pasó otra media hora de risas, de abrazos con compañeros, de felicitaciones, y en cada una de esas conversaciones Lucía sintió su mirada buscándola, y ella lo buscó de vuelta.

A la una, cuando la fiesta empezó a vaciarse, él se le acercó con las llaves en la mano.

—Mi coche está abajo. ¿Te llevo?

—Puedes llevarme a donde quieras —dijo Lucía—. Pero que sea a un sitio donde podamos seguir brindando.

Bajaron en el elevador entre risas, sin soltarse la mano, mientras arriba las luces colgadas parpadeaban solas y el primer día del año se ponía en marcha para ellos.

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