Dejé la luz encendida por primera vez
Relato ilustrativo.
Durante cuatro años de matrimonio, el sexo oral fue algo que solo pasaba a oscuras, con la sábana hasta el cuello y yo pidiendo que apagara la lámpara antes de cualquier cosa. Me daba pena que me viera, que notara cada gesto de mi cara.
Un sábado de lluvia, sin planearlo, le dije: «Déjala prendida». Él me miró como si le hubiera regalado algo. Se tomó su tiempo, besó el interior de mis rodillas, subió con una lentitud que me hizo cerrar los ojos y luego abrirlos, porque también quería ver su cara. Sentí su respiración tibia, sus manos firmes en mis caderas, y por primera vez no me dediqué a vigilarme.
Me reí al final, entre temblores, y él también. Esa noche descubrí que lo que me daba vergüenza era justo lo que más me gustaba que él viera.