Desconocidos en el bar del hotel
Relato ilustrativo.
La idea fue de Ariadna, y la dijo en voz alta una noche cualquiera, entre los platos sucios y la serie que ya ni veían.
—Para el aniversario, ¿qué tal si jugamos a que no nos conocemos?
Mauricio levantó una ceja. Llevaban catorce años juntos, y él conocía bien esa mirada suya, mitad travesura y mitad desafío.
—Explícame.
—Reservamos un hotel. Tú llegas primero, yo llego después, y nos encontramos en el bar como si fuéramos dos extraños. Nos presentamos, nos coqueteamos, nos seducimos desde cero. Con nombres falsos, si quieres.
—¿Y si en medio del juego algo no te gusta?
Ella sonrió, agradecida por la pregunta.
—Por eso necesitamos una palabra. Si alguno dice «naranja», todo se detiene, sin discusión y sin preguntas. Y volvemos a ser nosotros.
—Naranja —repitió él, probándola—. Me gusta. Tiene sabor a juego limpio.
Así que el sábado, a las nueve de la noche, Ariadna, treinta y nueve años, entró al bar del hotel con el vestido negro de espalda descubierta que Mauricio no le veía desde hacía una eternidad, el cabello suelto y unos tacones que le hacían sentir el piso entero. Él ya estaba ahí, sentado en la barra, con la camisa azul remangada y un vaso de agua con limón delante. Ella se acomodó dos banquillos más allá y pidió una copa de vino blanco.
Lo sintió mirarla por el espejo detrás de las botellas. Fingió no darse cuenta.
—Disculpa —dijo él, después de unos minutos—. Sé que es una frase gastada, pero ¿estás esperando a alguien?
Ariadna lo miró de arriba abajo, con una lentitud que se le salió mejor de lo que había ensayado.
—Estaba esperando que alguien se atreviera a preguntar.
—Me llamo Daniel.
—Sofía. —El nombre le salió fácil, como un vestido nuevo—. Viajo por trabajo. Una noche aquí, y mañana ya no existo.
—Qué conveniente. Yo también.
Se sonrieron. Había algo vertiginoso en el fingimiento: Mauricio, que conocía de memoria cada una de sus manías, la miraba como si cada gesto fuera una novedad. Le preguntó por su trabajo, y ella inventó una consultora de perfumes. Él dijo ser ingeniero de puentes. Se rieron de lo absurdo de ambos oficios. Ella notó que él acercaba el banquillo poco a poco, y que cada vez que decía «Sofía» lo hacía con una voz un grado más grave.
—Daniel —dijo ella, apoyando la barbilla en la mano—, ¿siempre te acercas así a las desconocidas?
—Nunca. Pero tú no pareces una desconocida cualquiera.
—¿Y qué parezco?
—Una mujer que sabe exactamente lo que quiere y va a obligarme a ganármelo.
Ella sintió un cosquilleo en la nuca y supo que el juego estaba funcionando mucho mejor de lo que había imaginado.
—Tengo una habitación en el sexto piso —dijo, sin apartar los ojos de los de él—. Si quieres seguir esta conversación en un lugar más tranquilo.
—Voy detrás de ti.
En el ascensor se pararon cada quien en una esquina, sin tocarse, mirándose en el espejo con una intensidad casi insoportable. Cuando se abrieron las puertas, Ariadna salió caminando despacio, consciente del vaivén de su propia espalda, de la mirada de Mauricio clavada en ella. Abrió la puerta del cuarto, entró primero y se volvió para esperarlo.
Él cerró detrás. Se quedó quieto un instante, contra la puerta.
—Sofía —dijo—, quiero besarte desde que te vi entrar. ¿Puedo?
La pregunta, hecha con esa solemnidad fingida, le provocó un escalofrío delicioso. Ariadna se acercó y le puso las manos en el pecho.
—Puedes.
Él la besó como si fuera la primera vez. Despacio al principio, tanteando, con una mano en la cintura y otra en la nuca; luego con una urgencia que fue creciendo hasta hacerle doblar un poco las rodillas. Ariadna le desabrochó la camisa con dedos ansiosos, y él le bajó el cierre del vestido con una lentitud que parecía una promesa. La tela resbaló por su piel hasta el suelo, y él retrocedió un paso para mirarla.
—Eres… —empezó a decir, y se detuvo, sonriendo—. No voy a poder improvisar nada con esa vista.
—Entonces deja de hablar y toca.
La llevó hasta la cama, la recostó sobre el edredón blanco y se arrodilló al pie. Le quitó los tacones uno a uno, besándole los tobillos. Subió por la pantorrilla, por la rodilla, por el interior del muslo, mirándola desde abajo con una expresión que ya no era de personaje, sino de Mauricio. Ella lo supo y no dijo nada. Era mejor no romper el hechizo.
—¿Me dejas? —preguntó él contra su piel.
—Sí.
Su boca, tibia y paciente, la encontró entre los muslos. Ariadna se arqueó, soltó un sonido que no pensaba soltar y enredó los dedos en su cabello. Mauricio conocía su cuerpo mejor que nadie, y esa noche lo usaba como si lo descubriera: lento, curioso, atento a cada reacción, a cada respiración entrecortada. El mundo se redujo a ese cuarto, a esa cama, a esa lengua que sabía exactamente cuándo apretar y cuándo ceder. Cuando el placer le estalló por dentro, largo y luminoso, se oyó decir su nombre real. No Daniel. No Sofía. Mauricio. Y él levantó la vista, con los ojos oscuros, y sonrió.
—Se te escapó —susurró.
—Ya se me había olvidado el juego.
—A mí también —admitió él, subiendo a besarla—. Pero me gustó muchísimo.
Ella lo hizo rodar sobre la cama y quedó encima, a horcajadas, con el cabello revuelto cayéndole sobre los hombros.
—Ahora me toca a mí, Daniel.
—Soy todo tuyo, Sofía.
Bajó por su pecho besándolo, le desabrochó el cinturón con una lentitud calculada y se tomó el tiempo de devolverle cada caricia con intereses. Lo escuchó respirar hondo, apretar las sábanas, pronunciar su nombre con una voz rota que ningún extraño habría tenido jamás. Cuando se unieron, mirándose a los ojos, sin fingir ya ningún personaje, el ritmo fue largo y profundo, con la calma de quienes se conocen y la emoción de quienes acaban de descubrirse otra vez. Terminaron casi al mismo tiempo, abrazados, riéndose entre jadeos, con la frente apoyada una contra la otra.
Más tarde, tumbados bajo las sábanas, Mauricio le acarició el brazo con la yema de los dedos.
—¿Sabes qué es lo mejor de esto?
—¿Qué?
—Que ni una vez tuve que decir naranja.
—Ni yo —sonrió Ariadna—. Aunque confieso que estuve cerca cuando dijiste que eras ingeniero de puentes.
Él soltó una carcajada que sacudió la cama.
—Mañana desayunamos como si nos acabáramos de conocer otra vez —propuso—. Pero con nuestros nombres.
—Trato hecho. —Ella apoyó la cabeza en su pecho—. Y el año que viene, otra identidad.
—Yo ya estoy pensando en cuál.
Apagaron la lámpara. Abajo, en el bar, el pianista tocaba la última pieza de la noche, y arriba, en el sexto piso, nadie quiso que terminara.