Dos voces, un solo micrófono
Relato ilustrativo.
Fernanda juraba que no cantaba. Lo había jurado en cada cumpleaños, en cada boda, en cada viaje en coche donde alguien subía el volumen, así que cuando Regina inscribió a las dos para el turno de las doce sin consultarla, el reclamo salió casi automático.
—Estás loca. Yo no canto.
—Tú cantas en la regadera, lo sé porque se te oye desde el pasillo cuando vienes a mi casa —respondió Regina, divertida, con el papelito del turno entre los dedos—. Una canción. Si es un desastre, nos vamos y jamás volvemos a hablar de esto.
El bar estaba lleno de luces rojas y de gente que se creía mejor de lo que era. Había un grupo de oficinistas coreando algo de los noventa, una pareja que se miraba demasiado para estar cantando, un señor que se lo tomaba muy en serio. Fernanda sostuvo el vaso con las dos manos mientras esperaban, sintiendo que el estómago le daba vueltas por razones que ya no estaba segura de que fueran solo el miedo escénico.
Llevaban tres años siendo amigas. Se habían conocido en un taller de escritura y habían terminado, sin planearlo, compartiendo desayunos, series y una confianza que Fernanda no tenía con casi nadie. Y desde hacía unos meses, sin saber cuándo exactamente, había empezado a notar cosas: la manera en que Regina se mordía el labio cuando leía, el olor de su perfume en la bufanda que le había prestado, cómo su propia mano buscaba la de ella al cruzar la calle y luego fingía que no.
—Siguientes: Regina y Fernanda —anunció el presentador.
Subieron. Alguien había elegido, o el azar lo hizo, una balada vieja, de esas que se cantan con los ojos entrecerrados. Regina le pasó el micrófono a Fernanda y luego, riéndose, se lo pidió de vuelta para compartirlo. Tuvieron que acercarse tanto que sus mejillas casi se tocaban.
La primera estrofa salió torcida. Fernanda desafinó dos veces y sintió que le ardían las orejas, pero Regina le sostuvo la mirada y cantó más fuerte para cubrirla, y a la mitad del primer coro ya estaban las dos riéndose entre verso y verso, con las voces enredadas y un poco fuera de tono. Poco a poco el miedo se disolvió. La letra decía algo sobre quedarse una noche más, sobre callar lo que se siente, y Fernanda cantó la última frase mirando a su amiga, sin pensar, sin cálculo, como si fuera la única persona en el bar.
Cuando la música terminó hubo aplausos, silbidos, un «¡otra!» perdido entre la gente. Ellas no se movieron. El micrófono seguía entre las dos, y Regina lo bajó muy despacio.
—¿Eso era para mí? —preguntó, casi sin voz.
Fernanda tragó saliva.
—Era para ti. Desde hace meses, creo. Pero no sabía cómo decirlo sin arruinar todo.
—Yo tampoco. —Regina sonrió, y en sus ojos había algo luminoso y nervioso a la vez—. Elegí la canción a propósito. Pensé: si no se lo puedo decir, que lo cante.
Bajaron del escenario tomadas de la mano, entre empujones y felicitaciones de desconocidos, y ninguna de las dos soltó la otra hasta que salieron a la calle, donde el aire fresco les despejó la cabeza y les dejó, en cambio, el corazón desbocado. La acera estaba vacía, mojada por una llovizna reciente que hacía brillar los semáforos.
—Oye —dijo Fernanda, deteniéndose—. Si me equivoco, dime ahora.
—No te equivocas.
Regina dio un paso, le puso las dos manos en la cara y la besó. Fue un beso nervioso al principio, con una risa pegada, y luego se volvió cálido y seguro. Fernanda se aferró a su abrigo, sintió la sonrisa de Regina contra su boca y pensó, con una claridad sorprendente, que había tardado tres años en entender lo que su propia voz sabía desde la primera nota.
Se separaron apenas lo suficiente para respirar, frente con frente.
—¿Pedimos un taxi —susurró Regina— o caminamos hasta mi casa?
—Caminamos —dijo Fernanda—. Quiero que se alargue.
Echaron a andar bajo la llovizna, riéndose de nada, con los dedos entrelazados y el eco lejano de otra canción saliendo del bar. Y a mitad de cuadra, Regina empezó a tararear, bajito, el estribillo de la balada. Fernanda se unió, esta vez sin desafinar tanto.