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27 Oct, 2026

El divorcio me devolvió la piel

Relato ilustrativo.

Durante los últimos años de mi matrimonio dejé de sentirme tocada. No hablo de sexo, sino de roce: una mano en la cintura al pasar, un beso en el hombro. Terminé creyendo que mi cuerpo era una herramienta para cargar bolsas, subir escaleras y llegar a todo.

Después del divorcio empecé por lo más simple. Compré una crema de almendra y me la ponía por las noches, subiendo despacio por las pantorrillas, los muslos, el vientre, como quien reconoce un terreno. Me miré en el espejo sin criticarme. Descubrí que me gusta la curva de mi cadera y que mi piel se eriza si me rozo la parte interna del brazo.

Con el tiempo llegaron las citas, alguna noche buena y otra mediocre. Pero lo más valioso fue lo primero: aprender a darme placer sin prisa y a pedirlo con claridad. Hoy sé lo que quiero, y ese conocimiento me parece más atractivo que cualquier lencería.

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