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25 Oct, 2026

El vecino sin llaves

Relato ilustrativo.

El vecino sin llaves

Llovía desde las seis, una lluvia terca de las que convierten la calle en un espejo, y Isabel miraba por la ventana de su sala con una taza de té entre las manos. Fue así como lo vio: Joaquín, el vecino del departamento de al lado, parado bajo el aguacero frente a su puerta, revisándose los bolsillos con una expresión de derrota total.

Se conocían apenas. Habían cruzado saludos en el pasillo, un «¿se te perdió un paquete?» en diciembre, una ocasión en que él le sostuvo la puerta del edificio con las bolsas del súper. Era amable, de sonrisa fácil, con una voz grave que a Isabel le había llamado la atención más de lo que admitiría ante nadie.

Abrió la puerta antes de pensarlo mucho.

—¿Perdiste las llaves?

Joaquín se volvió, chorreando, con el pelo pegado a la frente y la camisa transparentada por el agua.

—Las dejé adentro. Y el casero tarda una hora en llegar con la copia. —Hizo una mueca—. No quiero molestarte, puedo esperar en el portal.

—Pasa. Te vas a resfriar.

Dudó un segundo, solo uno, y entró. Isabel le tendió una toalla grande, de las suaves, y vio cómo se secaba la cara y el cuello, con un gesto cansado, mientras ella ponía agua a calentar. Le prestó una sudadera de su hermano que guardaba en un cajón, y él se cambió en el baño, saliendo con las mangas demasiado cortas y el aire de quien no sabe qué hacer con las manos.

—Te queda ridícula —dijo Isabel, riendo.

—Es la mejor sudadera que me han prestado jamás.

Se sentaron en el sofá con dos tazas de té, y la lluvia siguió golpeando los cristales como un tercer interlocutor. Hablaron de cosas pequeñas, de las goteras del edificio, del ruido de los vecinos de arriba, de sus trabajos. Él era ilustrador y trabajaba en casa, por eso nunca coincidían a ciertas horas; ella, traductora, con horarios igual de raros. Se descubrieron más parecidos de lo que imaginaban: noches en vela, café en exceso, una afición compartida por las series coreanas.

—Siempre oigo tu música a medianoche —confesó Joaquín—. Y no me molesta. Me gusta. A veces la pongo bajito para escucharla mejor.

Isabel enrojeció.

—Pensé que te molestaba.

—Pensaba tocar a tu puerta un día de estos para preguntarte qué era, pero nunca encontraba el pretexto. —Sonrió y miró el techo—. Hoy me lo dio la lluvia.

La luz de la lámpara dibujaba sombras suaves en su rostro. Isabel se dio cuenta de que llevaba un rato sin parpadear, y de que él tampoco. La taza se había quedado fría entre sus manos. Afuera, un trueno lejano retumbó sobre los tejados.

—Joaquín —dijo despacio—. El casero tarda una hora.

—Una hora —repitió él.

—Es mucho tiempo.

—Para hablar de música, sí.

—Para hablar de música —asintió ella, con la boca seca—. O para otra cosa.

El silencio que siguió se tensó entre los dos como un hilo. Joaquín dejó su taza en la mesa y se giró hacia ella, y cuando habló lo hizo bajo, con cuidado, dándole espacio:

—Si quieres que me vaya al portal a esperar, me voy. Y si no, me gustaría besarte. Tú dices.

Isabel no tardó un segundo.

—No te vayas.

Joaquín se inclinó y la besó. Fue un beso tranquilo, con sabor a té y a lluvia, y cuando ella le puso las manos en el cuello de la sudadera prestada sintió su sonrisa en la boca. Se besaron despacio, como quien no tiene a dónde ir, con la ventana empañándose a un lado y la ciudad borrosa detrás del cristal.

La hora pasó sin que ninguno la contara. El casero llamó a la puerta contigua, tocó, esperó, y volvió a tocar. Nadie contestó. Más tarde, al volver a mirar la ventana, Isabel vio que la lluvia había parado y que las luces de la calle temblaban en los charcos.

—Creo que tu casero ya llegó —murmuró contra su hombro.

—Que espere —dijo Joaquín—. Sigo sin llaves, ¿verdad? Es una emergencia.

Isabel se rió, y apagó la lámpara.

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