Globos en la sala
Relato ilustrativo.
Cuando se fue el último invitado, Ximena cerró la puerta con la espalda y soltó el aire que llevaba conteniendo desde las nueve. Treinta años. La fiesta había salido mejor de lo que esperaba: risas, brindis, una tarta torcida pero deliciosa y una canción de cumpleaños cantada tan mal que le hizo llorar de risa. Quedaba la sala llena de globos, vasos sobre todas las superficies y confeti en lugares imposibles.
—Ni se te ocurra empezar a recoger a esta hora —dijo una voz desde el sofá.
Rodrigo se había quedado. Era amigo de su hermano desde la preparatoria, y en los últimos meses, por esas casualidades de la vida, había terminado en casi todas las reuniones donde ella estaba. Había llegado a la fiesta con un regalo envuelto en papel periódico, un libro de fotografía que ella había mencionado de pasada hacía semanas, y que él recordaba.
—Yo me quedo a ayudar —anunció, quitándose los zapatos—. Y tú te sientas.
—No puedo dejarte con todo esto.
—Puedes y vas a hacerlo. Es tu cumpleaños. Siéntate, anda.
Ximena obedeció, con una sonrisa cansada, y se hundió en el sillón con un vaso de agua mientras él iba recogiendo platos y apilando vasos con esa eficiencia tranquila que ella había notado el primer día. Había algo muy atractivo en alguien que ayuda sin hacer espectáculo. La música seguía bajita, una lista de canciones que ella misma había armado, y los globos de colores se movían con la corriente de aire de la ventana.
—¿Treinta es como te lo imaginabas? —preguntó él desde la cocina.
—Mejor. Más tranquilo. Menos miedo.
—Eso se te nota.
—¿Qué se me nota?
Rodrigo apareció en la puerta con un trapo en el hombro y se recargó en el marco, mirándola con una franqueza que ella no le conocía.
—Que ya no estás intentando gustarle a nadie. Estás bien así, y eso es lo que más me gusta de ti.
Ximena parpadeó. En el silencio, un globo rodó lentamente por el suelo hasta chocar con su pie. Ella lo recogió y lo sostuvo, buscando algo que hacer con las manos mientras el corazón le subía a la garganta.
—¿Eso era un cumplido o una declaración? —preguntó, tratando de sonar ligera.
—Estoy tanteando el terreno —admitió él, con una sonrisa nerviosa—. Llevo meses pensando cómo decirte que me encantas, y esta noche pensé: o es ahora o es nunca. Si me equivoco, termino de recoger y me voy y no hablamos de esto jamás.
—No te equivocas —dijo Ximena.
Rodrigo respiró hondo, como si hubiera estado esperando algo más difícil.
—¿No?
—No. —Ella se levantó, con el globo todavía en la mano, y cruzó la sala hasta quedar frente a él—. Yo también llevo meses. Cada vez que te veía en una reunión buscaba la excusa de acercarme. Mi hermano ya se dio cuenta, por cierto. Lleva semanas poniéndonos juntos en las mesas.
—Ese traidor lo sabía —rió él.
—Los dos lo sabíamos —dijo Ximena—. Faltaba que alguno lo dijera.
Soltó el globo, que subió flotando hasta el techo, y le puso las dos manos en el pecho. Rodrigo le acarició la mejilla con el pulgar, despacio, mirándola como si le pidiera permiso con cada segundo. Ella asintió casi imperceptiblemente, y él se inclinó y la besó.
Fue un beso cálido, sin prisa, con sabor a tarta y a vino. Ximena le rodeó el cuello con los brazos y sintió que él la abrazaba por la cintura, y por un momento la sala llena de confeti y vasos sucios desapareció. Solo quedó la música, el calor de sus cuerpos y una felicidad sencilla, casi infantil, como la de soplar velas y ver que el deseo, esta vez, se cumplía.
—Feliz cumpleaños —susurró Rodrigo contra su sien.
—El mejor de mi vida —respondió ella—. Y todavía no termina.
—¿Recogemos?
—Mañana —dijo Ximena, tomándolo de la mano—. Mañana recogemos todo. Esta noche tengo otros planes.
Apagó la luz grande de la sala y dejó encendida solo la guirnalda de focos del rincón. Los globos, medio desinflados, se quedaron bailando en el aire. Y la última canción de la lista, una melodía lenta y dulce, sonó para nadie mientras ellos subían despacio hacia el piso de arriba, riéndose, con la puerta entornada y el resto de la fiesta esperando hasta el día siguiente.