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26 Oct, 2026

Habitaciones contiguas

Relato ilustrativo.

Habitaciones contiguas

Renata y Lucía se conocieron en la tercera mesa del congreso, durante una ponencia sobre cadenas de suministro que ninguna de las dos lograba seguir. Renata, treinta y ocho años, directora de compras en Monterrey. Lucía, treinta y cinco, consultora independiente de Guadalajara. Intercambiaron una mirada de aburrimiento compartido, y desde ese momento fueron cómplices.

Durante tres días se buscaron en los pasillos. Se guardaban lugar en las conferencias, se pasaban notas con comentarios malvados, compartían un café a media mañana que se fue alargando hasta ser media hora, luego cuarenta minutos. La última noche, la cena de clausura terminó a las once, y las dos acabaron en el bar del hotel, casi vacío, con una lámpara de pie por toda iluminación y un pianista que tocaba para nadie.

—Me cuesta creer que mañana te vayas —dijo Lucía, haciendo girar el hielo de su vaso de agua mineral.

—Mi vuelo sale a las diez.

—Qué injusto.

—Lo es. —Renata la miró con una franqueza que le costó trabajo sostener—. Te voy a decir algo, y si te incomoda, lo olvidamos y pedimos la cuenta. Desde el martes me cuesta concentrarme en cualquier cosa que no seas tú.

Lucía dejó el vaso con cuidado. Se quedó callada unos segundos, y Renata empezó a arrepentirse, hasta que vio que le temblaba un poco la comisura de la boca, y que no era miedo.

—Yo llevo desde el lunes —dijo Lucía—. Pensé que era el único lugar de este hotel donde no iba a atreverme a decírtelo.

—Y aquí estamos.

—Aquí estamos.

Subieron en el ascensor sin tocarse, mirando los números iluminarse uno a uno. La tensión llenaba la cabina como un perfume. En el pasillo del séptimo piso, frente a las dos puertas vecinas, se detuvieron.

—Mi cuarto tiene una puerta que conecta con el tuyo —comentó Lucía—. Lo noté al llegar. Pensé que sería una casualidad graciosa.

—Qué atenta eres a los detalles.

—Es mi trabajo.

Renata sonrió y abrió su puerta. Esperó a que Lucía abriera la suya. Pasaron cinco minutos, quizá seis, durante los cuales Renata se quitó los zapatos, se soltó el cabello y se miró en el espejo sin reconocer del todo a la mujer que le devolvía la mirada: ojos brillantes, mejillas encendidas, la respiración alta. Entonces oyó un golpecito suave, desde el otro lado de la pared.

Abrió la puerta de comunicación. Lucía estaba ahí, descalza también, con la blusa desabotonada hasta el segundo botón.

—Una pregunta —dijo—. ¿Esto es lo que quieres tú, también? Porque yo sí, pero quiero estar segura de que no estoy entendiendo mal.

—No entiendes mal —dijo Renata—. Lo quiero desde hace tres días. Pero si en cualquier momento cambias de idea, dime y paramos, sin explicaciones.

—Igual tú.

—Hecho.

Lucía cruzó el umbral. Se acercó despacio, le puso una mano en la cintura y la otra en la nuca, y la besó con una seguridad que desmentía el temblor de hace un momento. Renata respondió abriendo la boca, atrayéndola, sintiendo cómo el cuerpo de la otra se pegaba al suyo, suave y firme a la vez. Era un beso largo, de esos que se han ensayado mucho en la imaginación y resultan mejores que el ensayo.

—Llevo todo el congreso queriendo hacer esto —murmuró Lucía contra sus labios.

—Pues has sido muy profesional.

—Qué remedio.

Se rieron. Y la risa se volvió suspiro cuando Renata deslizó los dedos por los botones de la blusa y los fue soltando uno a uno. Lucía llevaba un sostén de encaje color vino que la hizo contener el aliento.

—Qué bonita eres —dijo.

—Y tú llevas demasiada ropa.

Se desvistieron entre besos, sin torpeza, con la confianza de dos mujeres que saben lo que quieren. Cayeron sobre la cama grande del cuarto de Renata, con la ciudad encendida en la ventana y las cortinas a medio correr. Lucía quedó encima, con el cabello cayéndole como una cortina alrededor de las dos, y se tomó su tiempo para explorarla: los hombros, la clavícula, la curva del pecho que besó con una dedicación lenta, hasta que Renata arqueó la espalda y le hundió los dedos en el cabello.

—Ahí —suspiró—. Sí. Justo así.

Lucía bajó. Besó el vientre de Renata, el hueso de la cadera, el interior del muslo, y levantó la vista un segundo para pedir permiso. Renata asintió. Y cuando la boca de Lucía la encontró, tibia y precisa, Renata soltó un gemido que tuvo que ahogar contra la almohada para no despertar al hotel entero. Había una paciencia deliciosa en la manera de Lucía: lenta primero, luego más firme cuando sentía que Renata se tensaba, deteniéndose justo antes del borde para volver a empezar, hasta que ya no hubo forma de esperar y el placer la atravesó en una ola larga y sacudida que la dejó jadeando y riendo al mismo tiempo.

—Dios —dijo, cuando recuperó la voz—. ¿Dónde aprendiste eso?

—Soy muy aplicada. —Lucía subió a besarla, con los labios brillantes y una sonrisa de orgullo—. Ahora te toca devolverme un favor, ¿no?

—Con todo gusto.

Giraron en la cama. Renata se tomó su tiempo, besando cada centímetro de aquella piel morena, escuchando los suspiros de Lucía subir y bajar según dónde pusiera la boca o los dedos. Aprendió rápido: que a Lucía le gustaba que le hablaran bajito al oído, que arqueaba la cadera cuando le acariciaban la cara interna de las rodillas, que se mordía el labio inferior cuando algo la estremecía de verdad. Cuando por fin llegó, lo hizo con el nombre de Renata en los labios, una y otra vez, agarrada a las sábanas, con los muslos temblando alrededor de sus hombros.

Se quedaron abrazadas, sudorosas, respirando al mismo ritmo. Afuera, una sirena pasó lejos y se apagó.

—Tu vuelo sale a las diez —dijo Lucía, con la cara enterrada en su cuello.

—Y el tuyo, a las doce.

—Podemos desayunar juntas.

—Podemos hacer algo mejor. —Renata le acarició la espalda, despacio—. Podemos poner fecha para volver a vernos. Monterrey queda a hora y media de avión, no es el fin del mundo.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Lo dices en serio?

—Las compras me enseñaron una cosa: nunca se deja ir a un buen proveedor.

Lucía soltó una carcajada que le sacudió todo el cuerpo.

—Qué romántica eres.

—Soy muy aplicada —dijo Renata, y le buscó la boca otra vez, mientras en el buró el teléfono marcaba la una y diez de la madrugada y ninguna de las dos pensó en apagar la luz.

A las siete, el sol entró por la ventana y las encontró dormidas, enredadas entre las sábanas, con la puerta de comunicación abierta de par en par.

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