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26 Oct, 2026

La cabaña sin señal

Relato ilustrativo.

La cabaña sin señal

La cabaña no tenía señal, y eso fue lo primero que Paula agradeció al cruzar la puerta. Dejó la maleta en la entrada, se asomó por la ventana al bosque y sintió, por primera vez en meses, que el pecho se le aflojaba. Detrás de ella, Santiago metía las bolsas del súper con ese gesto práctico y tranquilo que tanto le gustaba. Los niños estaban con los abuelos hasta el domingo, y por primera vez en mucho tiempo nadie iba a necesitarlos.

Llevaban doce años casados y varios de ellos viviendo en piloto automático: los horarios cruzados, los niños con sus tareas y sus fiebres, la cena frente a la pantalla, el beso rápido en la frente antes de apagar la luz. Se querían, eso no estaba en duda. Pero Paula había empezado a sentir que el deseo era algo que le pasaba a otras personas, en otras vidas.

—Prohibido el teléfono —dijo Santiago, mostrándole el suyo antes de guardarlo en un cajón—. Hasta el domingo.

—Prohibido —repitió ella, dejando el suyo junto al de él.

La primera tarde la dedicaron a no hacer nada. Encendieron la chimenea, aunque no hacía tanto frío, porque a Santiago le gustaba el ritual. Cocinaron juntos una pasta sencilla, con demasiado ajo, y cenaron en el suelo, sobre una manta, con la luz del fuego dibujando sombras en las paredes de madera. Hablaron de cosas pequeñas: del vecino que ponía música a las siete de la mañana, de un libro que ella quería releer, de aquel viaje a la costa donde se perdieron buscando una cala.

—¿Te acuerdas de lo que hicimos esa noche? —preguntó Santiago de pronto, con una sonrisa lenta.

Paula se rió, sintiendo cómo le subía el color a las mejillas.

—Me acuerdo perfecto. Estábamos en esa cama diminuta y se nos cayó el colchón.

—Y tú no parabas de reírte.

—Y tú me besabas el cuello para que me callara.

El recuerdo flotó entre los dos. Santiago le sostuvo la mirada, y ella notó algo que llevaba tiempo sin ver en su cara: atención pura, sin prisa ni cansancio, la atención de quien está mirando a la persona que quiere.

—Hace mucho que no te miro así —admitió él—. Y no porque no quiera. Es que siempre estoy pensando en otra cosa.

—Yo también.

—Hoy no hay otra cosa.

Paula dejó el plato a un lado y se acercó gateando sobre la manta, despacio, hasta quedar sentada frente a él. Le puso las manos en el pecho y sintió su corazón a un ritmo que no esperaba. Santiago inclinó la cabeza hasta rozar su frente con la de ella; durante un momento solo respiraron juntos, como si estuvieran recordando cómo se hacía.

El primer beso fue pausado, casi tímido, algo ridículo después de tantos años. Se rieron los dos. El segundo fue distinto. Santiago le deslizó una mano por la espalda, y Paula, en lugar de apartarse con el reflejo de «los niños, la cena, mañana temprano», se dejó ir, apretándose contra él hasta sentir el calor de su cuerpo a través de la tela. La chimenea crepitó y ninguno la oyó.

—Dime si quieres que pare —murmuró él contra su cuello.

—No pares —dijo Paula—. Ni lo pienses.

Se pusieron de pie, tropezando con la manta, y subieron la escalera de madera que crujía a cada paso. En el cuarto, la luz de la luna entraba por una ventana sin cortina. Paula se detuvo en el umbral, volviéndose hacia él con una sonrisa que Santiago no veía desde hacía mucho tiempo, y él supo, con una ternura que casi dolía, que seguía enamorado de esa mujer de la misma manera, pero que había olvidado cuánto.

La cabaña, sin señal, sin horarios, sin nadie más, se quedó en silencio. Solo se oyó el fuego, abajo, apagándose despacio, y arriba una risa baja y luego otra, la de dos personas que se reencontraban sin tener que explicarle nada a nadie.

A la mañana siguiente, Paula despertó con el sol en la cara y el brazo de Santiago sobre la cintura. No buscó el teléfono. Se quedó mirando las vigas del techo, escuchando los pájaros, preguntándose cómo se le había olvidado esto. Sonrió. Todavía faltaba el sábado entero.

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