La caja con moño
Relato ilustrativo.
Doce años de matrimonio dejan buenas costumbres: el café de Gerardo siempre listo a las siete, la risa compartida frente a las mismas series, el abrazo de media noche sin pensar. También dejan una rutina que, en el terreno íntimo, había empezado a parecerse a un camino muy transitado. Nada malo, nada que doliera. Solo previsible.
Paola, treinta y siete años, lo había hablado con su mejor amiga, y luego con el espejo del baño, y por último consigo misma, una tarde de martes en la que entró a una tienda discreta del centro con las mejillas ardiendo. Salió media hora después con una bolsa oscura y una sonrisa que no le cabía en la cara.
El viernes de su aniversario, Gerardo llegó de la oficina y encontró la mesa del comedor puesta con velas, una cena sencilla y, en el centro, una caja pequeña envuelta en papel rojo y atada con un moño.
—Es tu regalo —dijo Paola, sentada con las piernas cruzadas, con el vestido de lino que a él le gustaba—. Pero te advierto que también es un poco mío.
—Me intrigas.
—Ábrelo. Y si no te convence, lo cerramos y no pasa nada.
Gerardo, treinta y nueve años, deshizo el moño con cuidado. Levantó la tapa. Dentro, sobre papel de seda blanco, había un pequeño juguete de silicona suave color vino, de curvas elegantes, y una tarjeta escrita a mano: «Quiero que me enseñes a pedir lo que me gusta. Quiero que tú me veas disfrutarlo. Hoy no hay más reglas que dos: lo que no nos guste se cambia, y lo que nos guste se repite».
Él tardó en levantar la vista. Cuando lo hizo, tenía los ojos brillantes, y no solo de deseo.
—¿Desde cuándo lo pensabas?
—Desde hace meses. Me daba vergüenza decírtelo. Sentía que si lo proponía, iba a parecer que algo me faltaba contigo. Y no me falta nada. Quiero más de lo que ya tenemos, nada más.
Gerardo dejó la caja sobre la mesa y le tomó la mano.
—Gracias por confiarme esto. De verdad. ¿Cómo quieres que lo hagamos?
—Despacio —dijo Paola—. Y tú me guías. Yo te digo si me gusta o no.
Cenaron con calma, entre bromas nerviosas, hasta que ella se levantó, le dio la mano y lo llevó a la recámara. Había encendido ahí una lámpara de sal y puesto música suave. Se detuvo frente a la cama y, sin soltarlo, le pidió:
—Desvísteme tú. Muy lento.
Él lo hizo como quien desenvuelve algo muy valioso. Bajó los tirantes del vestido con las yemas de los dedos, besó el hombro que quedó descubierto, luego la clavícula, luego el hueco del cuello. Paola cerró los ojos y se dejó llevar. Cuando la tela cayó al suelo, él retrocedió un paso para mirarla, con una expresión de ternura asombrada.
—Doce años y sigues dejándome sin palabras.
—Pues di menos y haz más.
La recostó entre las almohadas. Se desvistió también, sin prisa, y se acostó a su lado para besarla, largamente, con una dedicación que ella extrañaba sin saberlo. Después fue bajando, besándole los pechos, el vientre, la cara interna de los muslos, y ella se acomodó, abriéndose a él con una confianza que le llenó los ojos de lágrimas contentas.
Su lengua la encontró despacio. Paola suspiró hondo, enredó los dedos en su cabello, y por un rato solo existió esa sensación tibia y creciente. Gerardo sabía cómo hacerlo; los años le habían enseñado cada pausa, cada presión. Pero esa noche había una atención nueva, una curiosidad de principiante que lo hacía más generoso.
—Gerardo —dijo ella, con la voz entrecortada—. El regalo.
Él levantó la cabeza, sonriendo contra su piel, y estiró la mano hacia la caja que había traído de la mesa. Sacó el juguete, lo calentó un momento entre las manos, lo encendió en su intensidad más baja. El zumbido suave llenó la habitación.
—¿Así? —preguntó, acercándolo.
—Más lento. Ahí… no, un poco más arriba. Sí. Eso. Dios.
Él volvió a su boca mientras sostenía el juguete con una mano, ajustando el ángulo a cada suspiro que ella soltaba. La combinación fue distinta de todo: la calidez de la lengua, la vibración sutil y constante, las manos de Gerardo acariciándole el vientre. Paola se oyó decir cosas que nunca había dicho en voz alta. «Más», «así», «no pares». Y él, en vez de asustarse, se encendía más con cada palabra, como si cada indicación suya fuera un regalo.
El placer le subió desde lo más hondo, sin prisa, hasta convertirse en una ola grande que la hizo arquearse y cerrar los muslos en torno a sus hombros. Gritó su nombre. Gerardo apagó el juguete y se quedó con ella, besándole el vientre, esperando a que el temblor fuera cediendo. Paola se rió, tapándose la cara con las manos, y la risa se mezcló con un sollozo corto de pura alegría.
—¿Estás bien? —Subió a abrazarla, preocupado y encantado.
—Estoy más que bien. Estoy… —Buscó la palabra—. Estoy contigo. De verdad, contigo. No sabes cuánto lo necesitaba.
—Yo tampoco sabía. —Le besó la frente—. Gracias por pedirlo.
—Ahora te toca a ti.
—No tienes que…
—Quiero —lo interrumpió ella, empujándolo con suavidad hasta tenderlo boca arriba—. Y además, esa caja venía con una segunda tarjeta.
—¿Cuál?
—La que dice que esta noche tú también pides. Dime qué te gusta, sin pena.
Gerardo, que en doce años no había dicho tres frases enteras sobre lo que deseaba en la cama, tragó saliva y empezó a hablar. Despacio al principio, tropezando con las palabras, luego con más soltura. Paola escuchaba con una atención total, con las manos y la boca obedeciendo, descubriendo gestos nuevos y suspiros que no conocía. Cuando por fin se unieron, frente a frente, con las frentes juntas y los ritmos acompasados, el aire de la habitación estaba cargado de algo más que deseo: la sensación de reencontrarse después de un largo viaje.
Más tarde, tendidos en la oscuridad, Gerardo le acarició la espalda con la yema de los dedos.
—Tengo una confesión.
—Dime.
—Yo también compré algo. Está en el clóset, detrás de las cajas de zapatos. Iba a dártelo en tu cumpleaños, pero me ganaste.
Paola se incorporó sobre el codo, con los ojos muy abiertos.
—No es cierto.
—Palabra.
—Pues qué esperas. —Se rió, ya buscando la bata—. Trae esa caja.
—¿Ahora?
—Es nuestro aniversario. La noche es larga, y la rutina, por fin, se quedó sin trabajo.