La cita que arregló mi hermana
Relato ilustrativo.
Mi hermana Daniela tiene un talento para meterme en problemas, y casi todos terminan con la frase «confía en mí». Esa tarde de viernes, la dijo tres veces seguidas por teléfono.
—Es amiga de una compañera de mi trabajo. Se llama Camila. Es divertida, es guapa, es inteligente y tiene treinta y tres años. Nada de «ya veremos».
—Dani, llevo dos años sin salir con nadie. ¿Por qué ahora?
—Porque los dos años ya se cumplieron. Reservé en el italiano de la calle Hidalgo, a las ocho y media. No me contestes, solo ve.
Fui. Treinta y un años, el vestido verde que me hace sentir bien, los nervios de quien vuelve a una pista que ya no conoce. Lo que mi hermana omitió, sea por travesura o por cálculo, es que la tal Camila era una mujer.
La vi desde la puerta, sentada junto a la ventana, con una blusa blanca remangada hasta los codos y el cabello oscuro recogido de lado. Se levantó al verme. Era más alta de lo que imaginé, con una sonrisa ancha y unas manos que no sabía dónde poner.
—¿Valeria? Yo soy Camila. —Hizo una pausa, y la sonrisa se le volvió un poco nerviosa—. ¿Daniela te dijo… bueno, que soy yo?
—Daniela me dijo que eras divertida e inteligente. Lo de «mujer» se le olvidó mencionarlo.
Camila cerró los ojos un segundo.
—Voy a matarla. De verdad lo siento. Si prefieres irte, lo entiendo perfectamente, y yo pago los dos tragos de cortesía y quedamos bien.
Debí haberme ido. Lo pensé un instante, con el bolso ya colgado del hombro. Pero la vi ahí, tan sinceramente apenada, tan lejos de cualquier trampa, y me di cuenta de que no quería irme. Quería saber qué más iba a decir.
—Me quedo —dije—. Pero necesito ser honesta contigo desde ya: nunca he estado con una mujer. Ni he salido con una. Me da curiosidad, pero no sé qué significa.
—Eso está perfectamente bien. —Camila se sentó cuando yo me senté—. Podemos cenar y ya. Dos personas que se cayeron bien. Nadie tiene que significar nada.
Cenamos pasta y compartimos un tiramisú. Hablamos de nuestras hermanas, de su trabajo como arquitecta, del mío en una editorial, de un viaje que ella hizo a Oaxaca y de otro que yo nunca me atreví a hacer. Hacía chistes malos y se reía de ellos antes de llegar al final. Cuando el mesero retiró los platos, yo ya había olvidado que era una cita a ciegas, o más bien recordaba solo que era una cita, y que no me quería ir.
Caminamos por la calle Hidalgo con las manos en los bolsillos. A la altura de la plaza, el viento levantó el borde de mi vestido y Camila lo miró, apartó la vista, y aun así vi cómo le subía el color a las mejillas.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nada. Estoy intentando portarme bien.
—¿Y si no quiero que te portes tan bien?
Se detuvo. Se volvió hacia mí, despacio, con una cautela que me conmovió.
—Valeria, quiero estar segura. Tú dijiste que nunca. Yo no quiero ser la mujer que te empujó a algo del que mañana te arrepientas.
—Nadie me está empujando. —Y era verdad, y me sorprendió lo tranquila que sonaba—. Llevo toda la noche mirándote la boca. Creo que eso ya es una respuesta.
—Entonces dime tú hasta dónde. Y yo me detengo donde me digas.
—Mi departamento queda a dos cuadras —dije.
Caminamos esas dos cuadras en silencio, rozándonos los dedos al caminar, hasta que ella entrelazó su mano con la mía. Nunca había sentido nada tan sencillo y tan eléctrico a la vez.
Ya en la sala, con una sola lámpara encendida, Camila no se abalanzó. Se quedó de pie frente a mí, esperando.
—Bésame tú —le pedí—. Quiero ver cómo se siente.
Lo hizo con una delicadeza que casi me hizo llorar. Sus labios eran suaves, más suaves de lo que esperaba, y el beso tenía algo de pregunta y algo de respuesta. Le puse las manos en la cintura, luego en la espalda, y descubrí que no había nada que aprender: mi cuerpo sabía exactamente qué hacer. Me pegué a ella, abrí la boca, y el beso se volvió otra cosa, más profundo, más largo, con un hambre que me tomó por sorpresa.
—¿Todo bien? —susurró ella, separándose apenas.
—Todo muy bien. Sigue.
Me bajó el cierre del vestido con una lentitud que parecía hacerlo a propósito. La tela cayó al suelo. Camila me miró con tal admiración que olvidé por completo la timidez.
—Eres preciosa —dijo.
—Tú todavía tienes la blusa puesta.
—Arréglalo tú.
Le desabotoné la blusa con las manos algo torpes. Debajo llevaba un sostén sencillo, de algodón gris, y su piel olía a jabón y a limón. La toqué como quien explora un mapa nuevo, con curiosidad y sin prisa, y ella cerraba los ojos y respiraba hondo cada vez que mis dedos encontraban un sitio que le gustaba.
En la cama, entre almohadas, me acostó con mucho cuidado y se tendió a mi lado. Me besó el cuello, la clavícula, el pecho, y yo sentí una oleada de calor que me recorrió el cuerpo entero.
—Dime si quieres que baje —murmuró contra mi vientre.
—Quiero —dije, casi sin voz.
Y bajó. Tuve que taparme la boca con la mano cuando sentí la suya, tibia y paciente, entre mis muslos. Me tomé unos segundos en entender lo que pasaba; después dejé de entender nada y solo sentí. Camila escuchaba mi cuerpo como se escucha un idioma nuevo: cambiaba el ritmo cuando yo contenía el aliento, se quedaba justo donde yo suspiraba, regresaba con una dulzura que me deshacía. El placer fue creciendo, lento, enorme, hasta que me arqueé y dije su nombre sin darme cuenta, y todo se me deshizo en una ola larga que me dejó temblando y riéndome, con lágrimas de pura sorpresa en las pestañas.
—¿Estás bien? —Subió a mirarme, preocupada.
—Estoy más que bien. Creo que acabo de descubrir algo sobre mí.
—¿Algo bueno?
—Algo buenísimo. —La atraje hacia mí y la besé, sintiendo mi propio sabor en su boca, y luego le dije—: Ahora quiero aprender a hacerlo yo.
—Soy una maestra paciente.
Y lo fue. Me guio con palabras suaves, con sus manos sobre las mías, con los suspiros que me iban diciendo cuándo acertaba. Cuando su cuerpo se tensó y se rindió bajo mis caricias, con un gemido bajo que vibró contra mi boca, sentí un orgullo tonto y precioso, como si hubiera aprobado el examen más importante de mi vida.
Nos quedamos abrazadas en la penumbra, escuchando la ciudad. Cerca de la medianoche, mi teléfono vibró sobre el buró. Era un mensaje de Daniela: «¿Y? ¿Sigues viva?».
Le mostré la pantalla a Camila. Se mordió el labio para no reírse.
—¿Qué le contestas?
Escribí con una sola mano, mientras con la otra le acariciaba el cabello: «Sigo viva. Estás castigada por no avisarme. Y gracias».
Dejé el teléfono boca abajo. Camila me miró.
—¿Gracias?
—Por la mejor cita a ciegas de mi vida. —La besé en la frente—. Y la segunda cita es mañana. Me debes una cena de verdad.