La puerta entreabierta
Relato ilustrativo.
Carolina volvió el domingo por la tarde. Llevaba dos noches durmiendo en casa de su amiga Mariana, con una maleta a medio hacer y la certeza incómoda de que había dicho cosas que no quería decir. La discusión había empezado por algo tonto, un fin de semana cancelado por trabajo, y había escalado hasta tocar viejas heridas: «siempre llegas tarde», «nunca me escuchas», «ya no sé si te importa». Palabras filosas que ninguno de los dos podría retirar.
Subió las escaleras del edificio con la llave en la mano, ensayando qué decir. Pero al llegar al tercer piso se encontró con la puerta del departamento entreabierta, apenas una rendija, y por ella se escapaban la luz amarilla de la sala y el olor a café recién hecho.
Empujó la puerta con la punta de los dedos.
Emilio estaba sentado en el sofá, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas. Treinta y cinco años, la barba de dos días, ojeras de quien durmió poco. Al verla se puso de pie tan rápido que casi tira la taza.
—Dejé la puerta abierta —dijo— por si venías. No quería que tuvieras que tocar.
—¿Llevas dos días dejándola abierta?
—Solo hoy. Los otros días la cerré con llave y me quedé sentado mirándola. —Se pasó una mano por el cabello—. Carolina, antes de que digas nada, déjame empezar a mí, porque si no me voy a acobardar.
Ella dejó la maleta junto a la entrada. Cerró la puerta, esta vez del todo, y asintió.
—Tienes razón en lo que dijiste. Llego tarde, me distraigo, te dejo plantada. Y lo peor es que no lo hago por no quererte. Lo hago por miedo a que, si me quedo quieto, me dé cuenta de lo mucho que me importa esto, y de lo poco que sé cuidarlo. Pero eso no es excusa. Lo siento. De verdad.
Carolina sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Treinta y tres años, y todavía no aprendía a no ablandarse cuando él decía las cosas así.
—Yo también te dije cosas horribles —murmuró—. Que ya no te importaba. Sé que no es cierto. Estaba herida y quise herirte.
—Lo lograste conmigo y lo logré contigo. Qué tontos.
—Qué tontos —repitió ella, y por fin sonrió, con los ojos húmedos.
Se quedaron mirándose, con la sala en silencio y la tarde cayendo detrás de las cortinas. Era la clase de silencio que ya no necesita palabras. Emilio dio un paso hacia ella, despacio, como si se acercara a un animal asustadizo.
—¿Puedo abrazarte?
Carolina asintió. Él la rodeó con los brazos y ella hundió la cara en su pecho, respirando su olor a jabón y a café. Lloró un poco, sin ruido. Él la sostuvo sin decir nada, acariciándole la nuca, hasta que el temblor fue pasando.
—Te extrañé —dijo ella contra su camisa.
—Yo me volví loco.
Levantó la cabeza y lo miró. Había en su rostro un cansancio tierno, una vulnerabilidad que no le conocía. Se puso de puntitas y lo besó. Fue un beso suave, tentativo, casi tímido, como el primero de todos. Él respondió con la misma delicadeza, sin exigir, sin apresurar. Y poco a poco el beso fue ganando profundidad, hasta que ella le rodeó el cuello y él la atrajo por la cintura y los dos olvidaron lo que habían ido a decir.
—Carolina —susurró él, rozándole los labios—. Si esto es demasiado pronto, me dices. Podemos sentarnos a hablar toda la noche.
—Podemos hablar toda la noche después. —Le tomó la mano y lo guio hacia el pasillo—. Ahora quiero que me hagas sentir que estoy en casa.
La recámara conservaba su olor. Las sábanas estaban deshechas de un solo lado; el otro, el de ella, estaba perfectamente tendido, intacto, como un lugar guardado. Carolina se detuvo un momento a mirarlo.
—No dormí de ese lado —dijo Emilio—. No pude.
Ella no contestó. Le tomó la cara entre las manos y volvió a besarlo, con más hambre esta vez, mientras él le quitaba el suéter por encima de la cabeza y ella le desabotonaba la camisa con dedos impacientes. Cayeron sobre la cama entre risas bajas y suspiros, y la ropa fue quedando en el suelo, olvidada. Emilio la besó en el cuello, en los hombros, en el pecho, con una dedicación que parecía una disculpa hecha cuerpo. Cada beso decía lo que las palabras no habían alcanzado.
Bajó despacio. Cuando su boca la encontró entre los muslos, Carolina cerró los ojos y se dejó ir. Había una ternura en su manera de tocarla, lenta, atenta, que le hizo sentir cuidada por completo. Se aferró a su cabello, arqueó la espalda, dejó escapar un sonido hondo cuando el placer le subió desde el vientre. Él no tuvo prisa. La llevó hasta el borde y la sostuvo ahí, hasta que ella se deshizo en una ola larga, con el corazón latiendo hasta en las yemas de los dedos.
Lo atrajo hacia sí, lo besó con la boca todavía temblorosa, y lo hizo girar sobre la cama hasta quedar encima. Lo miró desde arriba, con el cabello revuelto y las mejillas rojas.
—Ahora te toca a ti.
—No tienes que…
—Quiero.
Y lo amó lento. Se movió sobre él con una cadencia pausada, mirándolo a los ojos, y él la sostuvo por la cintura con una devoción que la conmovió. No hablaron mucho. Se dijeron todo con las manos, con las respiraciones, con las miradas que se negaban a apartarse. Cuando él alcanzó el límite, con un gemido hondo y un «Carolina» roto contra su cuello, ella lo sostuvo contra su pecho, sintiendo cómo los dos latían al mismo ritmo.
Quedaron abrazados, de lado, con la sábana revuelta a los pies. Afuera ya había anochecido.
—Tenemos que hablar de lo que pasó —dijo ella, al cabo de un rato.
—Sí.
—Pero me gustaría hacerlo con calma. Una vez a la semana, sin pantallas, sentados en la terraza. Tú dices cómo te sientes, yo digo cómo me siento, sin ganar ni perder.
—Acepto. —Le besó el hombro—. Y yo me comprometo a llegar a tiempo, o a avisar con anticipación si no puedo. Y a que el trabajo no se coma los domingos.
—Trato hecho.
Carolina apoyó la cabeza en su pecho y escuchó su corazón, ya sereno. En la sala, el café se había enfriado en la taza, olvidado sobre la mesa. Y en la entrada, junto a la maleta que nadie volvería a abrir, la puerta del departamento estaba bien cerrada. Esa noche no hacía falta dejarla entreabierta.