La tercera silla
Relato ilustrativo.
Lo hablamos durante seis semanas, que para una pareja es mucho tiempo y para una conversación así es lo justo. Fue en la terraza de nuestra casa, un domingo de lluvia ligera, cuando Iván me preguntó: «¿Y si lo hacemos?». No hacía falta aclarar de qué hablaba. Los dos llevábamos meses rondando el tema sin nombrarlo.
Yo tengo treinta y cuatro años, él treinta y seis, y llevamos siete juntos. Nunca habíamos dudado el uno del otro, y precisamente por eso nos atrevimos a ponerlo sobre la mesa: porque sabíamos que, si algo salía mal, era mejor que saliera hablando.
Hicimos reglas. No muchas, pero claras. Que fuera alguien de confianza. Que los tres estuviéramos de acuerdo, sin presiones. Que cualquiera de los tres pudiera parar en cualquier momento, sin culpas ni caras largas. Que habláramos al día siguiente, a solas, de cómo nos sentimos. Y que la tercera persona lo quisiera tanto como nosotros, no por compromiso.
La tercera persona fue Dani, mi amiga desde la universidad. Treinta y dos años, bisexual declarada, soltera por elección. Cuando se lo propuse, por llamada, hubo un silencio largo.
—¿Me estás hablando en serio? —preguntó.
—Completamente. No quiero que contestes ahora. Piénsalo una semana. Y si la respuesta es no, seguimos siendo las mismas de siempre.
—Lore —dijo, con una voz distinta—, me gustas desde hace años. No te lo dije nunca porque eres mi amiga y tenías novio. Pero si Iván está de acuerdo y tú estás segura…
—Lo estamos.
—Entonces sí. Pero vamos con calma.
La calma fue lo que hizo todo posible. Cenamos los tres tres veces antes de esa noche, sin que pasara nada, solo conversación y risas, para que nadie se sintiera en una prueba. La cuarta cena fue la definitiva. Preparé pasta y una ensalada, compré velas, puse música baja. Ninguno de los tres tomó más de una copa de vino.
Cuando Dani llegó, con un vestido azul sencillo y una botella de agua mineral en la mano porque «no quería nada que me hiciera perder el control», Iván la saludó con un abrazo largo. Yo los miré y sentí algo que no esperaba: ternura.
Cenamos conversando de cualquier cosa. Dani contaba una anécdota de su oficina y de pronto se quedó callada, y la vi mirar a Iván, luego a mí, con una pregunta suave.
—Tenemos que decirlo en voz alta, ¿no? —dijo ella—. Para estar seguros.
—Sí —asentí—. Yo estoy contenta de que estés aquí. Y quiero que esta noche sea buena para los tres.
—Yo también —dijo Iván—. Y si alguien quiere parar, solo tiene que decirlo.
—Y si alguien quiere ir más despacio, igual —añadió Dani.
Nos quedamos mirándonos. Y fue Dani quien rompió la tensión, estirando la mano por encima de la mesa para tomar la mía.
—¿Puedo besarte?
Dije que sí. El beso fue suave, sorprendentemente natural, con la familiaridad de quien conoce a alguien de toda la vida y descubre una puerta nueva. Sentí la mano de Iván posarse en mi hombro, cálida, y me di cuenta de que estaba sonriendo contra los labios de Dani.
—Vengan —dije, al separarme—. En la sala se está mejor.
Apagamos las luces fuertes, dejamos las velas. Nos sentamos los tres en el sofá grande, Dani en medio, y por un rato solo hubo caricias lentas, manos que recorrían brazos y cabellos, besos que cambiaban de dirección: Iván besó el cuello de Dani mientras yo le desabotonaba el vestido, y ella suspiró con los ojos cerrados, entregada y tranquila.
—Qué bonito se siente esto —murmuró.
—Dime si algo no te gusta —le recordó Iván.
—Todo me gusta.
Pasamos a la recámara. La cama grande nos recibió con las sábanas frescas. Dani quedó en el centro, desnuda y hermosa a la luz de la lámpara, y yo la besé en la boca mientras Iván le besaba el vientre. Ella nos acariciaba a los dos, una mano en mi cabello y otra en el de él. Yo bajé por su cuerpo con la boca, acompañada de las manos de Iván que la sostenían, y cuando mi lengua la encontró, Dani soltó un gemido profundo y arqueó la espalda. Iván le besaba el pecho, el cuello, susurrándole cosas que no alcancé a oír pero que la hicieron estremecerse. Ella llegó con un temblor largo, aferrada a las sábanas, diciendo nuestros nombres, y yo subí a besarla para que sintiera que estaba segura.
—Dios, Lore —suspiró, riéndose—. Qué boca tienes.
—Falta tu turno de devolverlo.
—Con muchísimo gusto.
Después hubo una danza de manos y bocas que ninguno de los tres había ensayado y que, sin embargo, salió con una fluidez extraña. Iván se tendió de espaldas y Dani lo besó despacio, bajando por su pecho, mientras yo la acariciaba a ella por detrás, besándole la espalda, los hombros. Fuimos cambiando de lugar, de ritmo, de pareja, pausando para preguntarnos «¿así?», «¿más suave?», «¿quieres seguir?». Nadie tuvo que decir «alto» una sola vez, pero estaba claro que habríamos parado de inmediato. Esa certeza era lo que hacía todo más libre.
En algún momento Iván y yo quedamos juntos, mirándonos, mientras Dani nos observaba con una sonrisa dulce y una mano posada en mi tobillo. Nos amamos así, los dos, con ella cerca, sintiéndome mirada y querida desde dos lados, sabiendo que esa noche era otra clase de intimidad. Cuando terminé, con un estremecimiento largo, Dani me besó la sien y Iván me abrazó con tanta fuerza que casi me hizo reír.
Nos quedamos los tres tendidos en la cama, enredados y sudorosos, con la ventana entreabierta y el sonido de la lluvia otra vez. Nadie dijo nada durante un rato largo.
—¿Cómo están? —preguntó al fin Iván.
—Bien —dije—. Más que bien. Cansada y feliz.
—Yo también —dijo Dani—. Y tranquila. Pensé que me sentiría rara después, pero no.
—Si mañana alguien siente algo raro, lo hablamos —recordé.
—Lo hablamos —confirmaron los dos.
Dani se quedó a dormir en la habitación de huéspedes, por decisión suya: quería su propio espacio para procesarlo. A la mañana siguiente desayunamos los tres con café, fruta y pan tostado, hablando de cualquier cosa, y ella nos confesó que había dormido como una piedra.
Esa tarde, Iván y yo nos sentamos en la terraza, otra vez bajo una llovizna suave, y repasamos cada momento. Hubo cosas que nos habían gustado más y cosas que quizá no repetiríamos. Algo que aprendimos es que no hace falta decidir nada de golpe: podemos repetir o no, y cualquiera de las dos respuestas es buena.
—¿Volverías a sentar una tercera silla? —me preguntó.
—Quizá —dije, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero lo que más me gustó fue que, aun con ella ahí, siempre te estuve mirando a ti.
Él me besó el cabello. La lluvia siguió cayendo, y esa tarde la casa olía a café y a calma.