Los miércoles de salsa
Relato ilustrativo.
Elena se apuntó a la clase de salsa porque su hermana le dijo que se estaba volviendo una ermitaña. Tenía cuarenta y cuatro años, llevaba tres divorciada, y su vida se había reducido a una rutina cómoda y vacía: oficina, supermercado, serie, cama. Los miércoles a las siete, en un salón de espejos con piso de madera, se convirtieron en su pequeño acto de rebeldía.
La maestra rotaba a las parejas cada diez minutos. En la tercera semana le tocó Tomás, un hombre de cuarenta y seis años, de hombros anchos, sonrisa tranquila y manos grandes que sostenían las suyas con una firmeza extrañamente delicada. Era viudo, le contó entre vuelta y vuelta; llevaba dos años sin bailar, y sus hijos adultos lo habían empujado a la clase casi por la fuerza.
—Yo vengo por obligación familiar —dijo ella.
—Yo también. Qué bueno que nos obligaron.
Desde esa noche, la maestra dejó de rotarlos sin que nadie se lo pidiera. Tomás y Elena se volvieron pareja de pista fija. Aprendieron el básico, el giro simple, el paso de la «vuelta americana». Él la guiaba con la palma en su espalda baja, y ella sentía ese calor atravesarle la blusa y llegarle hasta lugares que llevaban años dormidos.
La sexta semana, al terminar la clase, él le preguntó si quería ir por un café. Se sentaron en una cafetería cerca del salón. Hablaron de sus hijos, de sus viajes pendientes, de las canciones que los hacían llorar. A las diez y media, el mesero empezó a subir las sillas.
—Elena —dijo Tomás—. Voy a decirte algo con toda la torpeza del mundo. Llevo semanas esperando los miércoles. No solo por la clase.
Ella sintió que el pulso le subía a las orejas.
—Yo también —confesó—. Pero tengo miedo. Hace tres años que no estoy con nadie. Ni siquiera sé si todavía sé cómo… —Se rió con nerviosismo—. Ya ves, ni sé cómo terminar la frase.
—No tienes que saber nada. —Tomás le tomó la mano sobre la mesa, con una delicadeza que la hizo respirar hondo—. Yo tampoco lo sé. Estoy más nervioso que en mi primer baile de secundaria. Pero podemos ir despacio. Tan despacio como tú quieras.
—¿Despacio es venir a mi casa a tomar un té?
—Despacio es lo que tú digas.
El té quedó olvidado en la cocina. Elena lo preparó con manos temblorosas, y cuando se volvió con las dos tazas, él estaba en la entrada de la cocina, mirándola.
—Antes de que pase cualquier cosa —dijo ella, dejando las tazas—, necesito que sepas que mi cuerpo ya no es el de hace veinte años. Tengo una cicatriz de cesárea, estrías, un par de kilos que no pienso perder. Y estoy un poco aterrada de que me veas.
Tomás se acercó. Le quitó una de las tazas de las manos, la dejó sobre la mesa y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Elena, yo tengo cuarenta y seis años, rodillas que crujen y una panza de cervezas pasadas. Lo que me gusta de ti no es una talla. Es esa forma de reírte antes de acabar el chiste, la manera en que te concentras cuando cuentas los pasos, la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta. Y quiero verte, pero solo cuando tú quieras que te vea.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, de las buenas. Tomó aire, y luego, con la mano firme, tomó la suya y lo guio hacia el pasillo.
—Quiero —dijo—. Pero con la luz baja.
—Con la luz baja.
En la recámara, ella encendió la lámpara del buró y la cubrió con un pañuelo de seda, que tiñó el cuarto de un tono cobrizo. Tomás esperó junto a la cama, sin tocarla, hasta que ella se paró frente a él y le desabotonó la camisa. Fue ella quien marcó el ritmo, y él se dejó llevar con una paciencia conmovedora.
La besó por primera vez ahí, de pie, en la penumbra. Fue un beso largo, con sabor a canela y a algo más antiguo, el beso de quien vuelve a un país que creía perdido. Elena se aferró a su cuello, sintió las manos de él en su espalda, sus labios bajando por su mandíbula, y una calidez enorme le subió desde el vientre.
—Dime qué te gusta —susurró él.
—No sé. Hace tanto que no lo pienso.
—Entonces lo descubrimos juntos.
La desvistió con cuidado. Cuando quedó desnuda frente a él, Elena se cubrió instintivamente con los brazos. Tomás no la miró con deseo desbocado, sino con una ternura que la desarmó.
—Eres hermosa —dijo, y lo decía de verdad—. ¿Puedo besarte aquí?
Le señaló con los labios la cicatriz, ese pequeño trazo pálido sobre el vientre. Ella asintió, sin voz. Él se arrodilló y depositó un beso suave sobre la línea, como quien honra una historia. Elena soltó el aire que había contenido sin saberlo. Algo que llevaba años apretado empezó a desatarse.
La llevó hasta la cama y se tendió a su lado. Se tomó su tiempo para recorrerla con las manos y la boca: los hombros, los pechos, el vientre, la cara interna de las muñecas. Cada vez que Elena se tensaba, él se detenía y preguntaba, y cada vez que ella decía «sí», él continuaba con más cuidado todavía. Cuando bajó entre sus muslos, ella se cubrió la cara con la almohada, avergonzada y ansiosa.
—Mírame —pidió él con dulzura—. Si no te gusta, paramos.
Ella retiró la almohada. Lo miró. Y lo que vio fue a un hombre que la quería sin condiciones, con una devoción que no necesitaba ser dicha. Se recostó y se entregó.
La boca de Tomás era cálida, lenta, perfectamente paciente. Elena sintió que el cuerpo le recordaba cosas que la memoria había guardado bajo llave: el calor que se acumula, la respiración que se acorta, los dedos que buscan dónde aferrarse. Cuando el placer llegó, largo y profundo, le arrancó un sonido que no reconoció como suyo, mitad risa, mitad sollozo. Se quedó temblando, con la mano enredada en el cabello de él, y las lágrimas le corrieron por las sienes.
—¿Estás bien? —Subió a abrazarla, alarmado.
—Estoy perfecta. —Se rió y lloró al mismo tiempo—. Es que se me había olvidado que podía sentir esto.
—Pues nos encargaremos de que no se te vuelva a olvidar.
Lo besó, y se atrevió a pedir lo que quería. Que se quedara cerca. Que la abrazara. Que entrara en ella despacio, mirándola. Y él lo hizo con una lentitud que parecía un baile, un vaivén parejo, guiado por las respiraciones de los dos. Elena le puso las manos en la espalda ancha y se movió con él, descubriendo que su cuerpo todavía sabía el paso. Se miraron todo el tiempo. Terminaron juntos, casi al mismo compás, con las frentes unidas y una risa suave que les sacudió el pecho.
Se quedaron abrazados mientras la lámpara tamizada daba a la habitación un brillo de cobre.
—Creo que ya me aprendí el paso —bromeó él.
—Falta el giro.
—El miércoles que viene lo practicamos.
—El miércoles es dentro de seis días —dijo Elena, acariciándole el pecho—. Hasta entonces, tenemos mucho tiempo para ensayar en casa.
Tomás rió, la besó en la frente y apagó la lámpara. Afuera, en alguna ventana lejana, alguien ponía una vieja salsa. Elena, con la cabeza sobre su hombro, empezó a marcar el compás con los dedos sobre su pecho. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Tres años de silencio, y por fin la música volvía.