Noche de inauguración
Relato ilustrativo.
A las once y diez se fue el último invitado, y Marina sintió que por fin podía quitarse los zapatos. Llevaba tres semanas colgando cuadros, discutiendo con el de la iluminación y sonriéndole a gente que no le importaba. La inauguración había salido perfecta, y ahora solo quedaban copas a medias, servilletas arrugadas y el eco de sus propios pasos descalzos sobre el piso de concreto.
—¿Ya se fueron todos? —preguntó una voz desde el fondo de la sala.
Alma estaba sentada en el suelo, frente a la última pieza de la muestra, con la espalda recargada en la pared y una copa de vino entre las rodillas. Era la artista. Había pasado la noche rodeada de gente que le estrechaba la mano y le decía cosas como «poderosísimo» o «muy íntimo», y ahora parecía otra: más pequeña, más cierta, con el pelo suelto y el saco tirado a un lado.
—Todos —dijo Marina—. Te escondiste muy bien.
—Me escondí de los elogios. Los elogios cansan.
Marina se rió, recogió su propia copa y se sentó junto a ella, a un brazo de distancia. Las luces de riel proyectaban conos tenues sobre las obras, y la sala, tan fría y formal durante la noche, se volvió de pronto un lugar donde se podía hablar bajito.
—¿Qué pensaste cuando la colgaste? —preguntó Alma, señalando la pieza con la barbilla. Era un lienzo enorme, casi todo en rojos oscuros, con una franja clara que lo cruzaba en diagonal.
—Que era la más difícil de mirar —admitió Marina—. Y que por eso no podía dejar de mirarla.
Alma giró la cabeza despacio. Se quedó un momento observándola, como si ella también fuera una obra que no había terminado de entender.
—Es sobre ti, ¿sabes? —dijo al fin, casi sin voz—. No lo dije en ninguna de las entrevistas. Pero la pinté después de la tarde en que me ayudaste a mover los marcos y te reíste de mi desorden. Lo que sentí esa tarde es esa franja.
El silencio que siguió no era incómodo. Marina notó su propio pulso en el cuello, y notó también que Alma no apartaba la vista. Llevaban semanas rozándose sin decirlo: una mano al pasar un martillo, un hombro contra otro frente al plano de la sala, un mensaje a medianoche que decía solo «¿ya llegaste?».
—¿Y qué sentiste? —preguntó Marina.
—Que quería quedarme en esa tarde. —Alma dejó la copa en el piso—. Que quería que se alargara.
Marina dejó también la suya. La distancia entre las dos se achicó sin que ninguna pareciera haberse movido; de pronto sus rodillas se tocaban, y el calor de ese contacto, mínimo, la recorrió entera.
—Yo también quería —dijo—. Pero no sabía si estaba leyendo bien.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que sí.
Alma levantó una mano, despacio, dándole tiempo de retirarse, y le acomodó un mechón detrás de la oreja. Sus dedos se quedaron ahí un segundo de más, rozando el borde del pómulo. Marina cerró los ojos y se inclinó hacia esa mano, y entonces el beso llegó sin prisa, tibio, con sabor a vino tinto y a semanas de espera.
Fue un beso largo, de los que empiezan suaves y luego se vuelven una conversación. Marina deslizó los dedos por la nuca de Alma y la sintió estremecerse; Alma respondió atrayéndola por la cintura, hasta que quedaron frente a frente, de rodillas sobre el concreto frío, riéndose bajito contra la boca de la otra porque, de pronto, todo había salido tan simple.
—Tengo que apagar las luces —murmuró Marina cuando se separaron para respirar.
—Apágalas —dijo Alma—. Pero no te vayas lejos.
Marina se levantó, cruzó la sala descalza y fue bajando los interruptores uno a uno. Con cada clic la galería se hundía más en la penumbra, y las obras se volvían sombras, hasta que solo quedó encendida la luz sobre el lienzo rojo, con su franja clara atravesándolo. Se quedó un instante de espaldas, sonriéndole a la pared, con el corazón golpeándole las costillas.
Cuando se volvió, Alma ya estaba de pie, esperándola con el saco colgado del brazo y una pregunta en la mirada.
—Mi departamento queda a diez minutos —dijo Marina—. Hay más vino. Y no hay nadie que nos diga que algo es «poderosísimo».
Alma se rió, tomó su mano y la apretó fuerte.
—Entonces vámonos —dijo—. Que la última luz la apague el vigilante.
Salieron juntas por la puerta de servicio, hacia la noche fresca, con los dedos entrelazados y los zapatos de Marina colgando de la otra mano. La muestra quedó atrás, en silencio, con su franja clara brillando en la oscuridad como una promesa que, por fin, alguien había contestado.