Sección de poesía
Relato ilustrativo.
Verónica llevaba veinte minutos recorriendo el mismo pasillo cuando la encargada anunció, con la voz de quien lleva todo el día de pie, que la librería cerraba en media hora. Había venido por un solo libro, un poemario descatalogado que le había recomendado una amiga, y ya empezaba a resignarse a irse con las manos vacías.
Fue al llegar al último estante de poesía, en la parte alta, cuando lo vio: el lomo azul, el título dorado, exactamente el libro. Se estiró, de puntillas, con la punta de los dedos a un centímetro de alcanzarlo, y entonces otra mano, desde el otro lado, tomó el ejemplar.
—Perdona, ¿era este? —preguntó una mujer de pelo corto y gafas de pasta, con el libro ya en la mano y una expresión de culpa tan sincera que Verónica se rió sin querer.
—Llevo media hora buscándolo.
—Llevo tres semanas —respondió la otra—. Lo encargué en tres sitios. Es el último ejemplar que quedaba.
Se quedaron mirando el libro, como dos niñas con el último helado, y luego se miraron entre ellas. Hubo un silencio corto, y en él, algo curioso: la certeza de que ninguna iba a ceder, y de que por alguna razón eso no era un problema.
—Propongo una cosa —dijo la de las gafas, que se presentó como Camila—. Nos sentamos ahí, en esas butacas, y lo leemos juntas hasta que cierren. Si al final aún quieres llevártelo, es tuyo.
—¿Y si al final aún lo quieres tú?
—Entonces tendremos que seguir negociando.
Se acomodaron en las butacas del fondo, junto a la ventana, con el libro abierto entre las dos. Camila lo sostenía y Verónica se inclinó para leer a su lado, de modo que sus hombros se rozaban y el olor del cabello de Camila, algo cítrico, le llegaba cada vez que giraban la página. Leyeron en voz baja, turnándose los versos. La poeta hablaba de manos, de distancias, de un cuerpo que se parece a una casa a la que se vuelve de noche.
A Verónica le temblaba un poco la voz al leer una estrofa. Camila lo notó y no dijo nada, pero su mano se deslizó sobre el libro hasta quedar sobre la de ella, ligera, como al descuido. Verónica no la retiró. Sintió que el calor de ese contacto se le subía por el brazo, y se obligó a seguir leyendo aunque las letras empezaban a bailar.
—Me gusta cómo lees —dijo Camila, bajito—. Lees como si cada verso te lo hubieran dicho a ti.
—Es que algunos me los dijeron —murmuró Verónica, y se sorprendió de su propia franqueza.
Camila se volvió hacia ella. Detrás, la encargada apagaba luces en el otro extremo de la sala, y el aire se llenó de esa penumbra tibia de las tiendas cuando ya están a punto de cerrar.
—Verónica —dijo—, no quiero que esto suene a frase de poemario. Pero llevo tres semanas buscando ese libro, y creo que no lo buscaba por el libro.
—¿Entonces por qué?
—Para tener una razón para estar aquí cuando tú llegaras.
Verónica soltó una risa corta, incrédula, y luego, mirándola a los ojos, se inclinó y la besó. Fue un beso breve y suave, en una butaca de librería, con el libro abierto sobre las rodillas de las dos. Cuando se separaron, ninguna dijo nada durante un momento largo. Después Camila tomó un bolígrafo del bolsillo, escribió algo en el margen de la última página y le tendió el libro.
—Es tuyo —dijo—. Pero ahí te dejé mi número, y una invitación: yo tengo en casa otros siete poemarios de ella. Podemos leerlos todos.
—¿Todos? —preguntó Verónica, sonriendo.
—Uno cada noche. Con calma.
Salieron cuando la encargada ya tintineaba las llaves, y en la acera Verónica abrió el libro bajo el farol. Debajo del número, con letra apretada, Camila había escrito un verso suyo: «Quédate a leer lo que viene».
Verónica levantó la vista. Camila esperaba, con las manos en los bolsillos, fingiendo una calma que no tenía.
—¿Tu casa queda lejos? —preguntó Verónica.
—A dos cuadras.
—Perfecto. Empecemos hoy.