Una más y terminamos
Relato ilustrativo.
Ana y Bere entrenaban juntas desde hacía un año, siempre a la misma hora, siempre con el mismo ritual: una canción demasiado alegre para las seis de la mañana, el choque de puños antes de la primera serie y un «una más y terminamos» que nunca era verdad. Se habían conocido en la clase de las siete, cuando Bere, nueva y perdida entre las máquinas, le preguntó a Ana cómo se ajustaba un banco. Lo demás había sido lo más natural del mundo.
Aquel sábado cambiaron de horario porque Bere tenía una comida familiar por la mañana, así que fueron por la tarde. El gimnasio estaba casi vacío: un muchacho en la caminadora con audífonos y nadie más. La luz de las cuatro entraba oblicua por los ventanales, dorada, y dibujaba en el piso un rectángulo cálido donde Bere extendió la colchoneta.
—Hoy pierna —dijo Ana—. Y no te vas a quejar.
—Nunca me quejo.
—Te quejas cada martes.
Bere se rió con ese sonido suyo, corto y luminoso, que Ana llevaba meses reconociendo desde el otro lado del gimnasio. Empezaron con las sentadillas y fueron entrando en el ritmo: la respiración pareja, las cuentas en voz baja, el roce de las manos cuando una le sostenía a la otra la barra. Ana notó, no por primera vez, el cuidado con que Bere la miraba al corregirle la postura: sin juicio, con una concentración que a ella le recorría la espalda como un escalofrío bueno.
—Más abajo —dijo Bere, poniéndole una mano en la cadera para guiarla—. Así. Sin arquear.
La mano se quedó ahí un segundo más de lo necesario. Ana bajó, subió, y sintió el calor de esos dedos a través de la tela, como una pregunta sin palabras. Terminó la serie, apoyó las manos en las rodillas y la miró, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y por otra cosa.
—¿Y tú? —preguntó, enderezándose—. Te toca.
Se turnaron. Bere hizo su serie con la frente perlada de sudor y el pelo recogido, y Ana, parada tras ella, le sostuvo la barra con las dos manos, tan cerca que podía oler su champú y la sal de su piel. Al terminar, Bere dejó la barra en el soporte, se volvió y se quedaron frente a frente, a un palmo, respirando fuerte.
—Ana —dijo, sin aliento—. ¿Puedo preguntarte algo que no tiene nada que ver con el entrenamiento?
—Pregunta.
—Llevo meses pensando en cómo invitarte a cenar. A una cena de verdad, no a un licuado después del gimnasio. Y cada vez me acobardo.
Ana sonrió despacio. Había una felicidad enorme esperándola, de las que se sienten primero en el estómago.
—Yo llevo meses buscando una excusa para cambiar el horario y tener el gimnasio vacío.
—¿Lo del horario fue a propósito?
—Cuando me contaste de tu comida familiar, casi te besé de la emoción —confesó Ana, riéndose de sí misma—. Propuse venir en la tarde a propósito. Fue lo más valiente que he hecho este año.
Bere soltó una carcajada y se llevó las manos a la cara, y luego bajó los brazos y dio el paso que faltaba. Le tomó la cara a Ana con las dos manos, todavía húmedas del esfuerzo, y la besó. Fue un beso salado, entusiasta, con una risa dentro, y Ana lo devolvió con las manos agarradas a su playera, hasta que el muchacho de la caminadora tosió discretamente a lo lejos y las dos se separaron muertas de risa.
—Tenemos público —susurró Ana.
—Que tome nota —respondió Bere, sin soltarla—. Esto es entrenamiento avanzado.
Recogieron las colchonetas entre risas, con la complicidad torpe de quien acaba de descubrir algo hermoso. En la puerta, Bere se detuvo.
—Una más y terminamos —dijo, con picardía.
—Nunca es verdad, ya lo sabes.
—Por eso —dijo Bere—. Esta vez no quiero que lo sea.
La besó otra vez en el umbral, con la luz dorada de la tarde entrando por los ventanales, y Ana pensó que ya nunca podría volver a escuchar esa frase sin sonreír. Salieron juntas, con los bolsos al hombro y los dedos entrelazados, directo a esa cena que las dos habían postergado demasiado tiempo.