Volví a sentir unas manos después de ocho años
Relato ilustrativo.
Mi esposo murió hace ocho años y yo me quedé guardada, como las sábanas buenas que nunca se estrenan. Mis hijas insistían en que saliera; yo respondía que estaba bien así, y era verdad a medias.
Lo conocí en el taller de cerámica. Me enseñó a centrar el barro y sus manos cubrieron las mías sobre la rueda, y se me olvidó respirar. Semanas después me invitó a cenar, y luego a su casa, que olía a café y a madera.
Estaba aterrada. Mi cuerpo ya no es el de antes y se lo dije. Él contestó que el suyo tampoco, y nos reímos. Me besó el cuello despacio, como quien no tiene a dónde ir, y sentí que mi piel recordaba cosas que yo daba por perdidas.
Lloré un poco al final, más de gratitud que de tristeza. Todavía le hablo en voz baja a mi esposo cuando paso frente a su foto, y creo que me entiende.