Diez años después
El bar donde se conocieron ya no existía — ahora era una cafetería de especialidad con sillas incómodas — pero quedaron en la misma esquina, como si el lugar todavía importara más que la conversación que tenían pendiente. Ella llegó primero, como siempre hacía, y se quedó de pie en la acera en vez de entrar, sin saber muy bien por qué necesitaba verlo llegar desde lejos.
Diez años cambian a las personas, o eso decían. Ella se había repetido esa frase toda la semana, tratando de convencerse de que este reencuentro sería solo eso: dos viejos conocidos poniéndose al día, un café, quizás una risa nerviosa sobre lo distintos que eran ahora. Se había preparado mentalmente para encontrar a un extraño con la cara de alguien que conoció bien.
Pero cuando lo vio bajar del taxi, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que nunca supo disimular, sintió que el tiempo se acomodaba raro, como si una parte de ella nunca hubiera dejado de esperarlo en esa esquina. Caminaba distinto — más seguro, quizás, con los años — pero algo en la forma en que inclinó la cabeza al verla fue exactamente igual a como lo recordaba.
Él llevaba un ramo pequeño, casi tímido, como quien no sabe si el gesto sigue teniendo permiso. Se detuvo a un par de metros, dudando el protocolo — ¿un abrazo? ¿un beso en la mejilla, formal, de compañeros de trabajo que se reencuentran? — y en esa duda ella reconoció al mismo hombre inseguro del que se había enamorado hacía tanto tiempo.
Ella no dijo nada. Cruzó los últimos pasos que los separaban y lo abrazó antes de que él pudiera hablar, con una fuerza que sorprendió a los dos. Sintió cómo él se relajaba contra ella, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que bajó del taxi, y por un instante ninguno de los dos dijo nada — solo se quedaron ahí, en medio de la acera, dejando que diez años de silencio se disolvieran en ese abrazo.
"Te ves bien," dijo él finalmente, con la voz más ronca de lo que pretendía.
"Tú también," respondió ella, sin soltarlo del todo.
Hablaron un rato parados ahí, sin decidirse a entrar a la cafetería, intercambiando los resúmenes obligados de una década — trabajos, mudanzas, las cosas que se cuentan cuando en realidad se está buscando el momento de decir lo que de verdad importa. Pero bajo cada frase superficial había algo más urgente latiendo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.
Fue ella quien finalmente lo dijo, casi sin pensarlo: "No he dejado de pensar en cómo terminó esto entre nosotros."
Él bajó la mirada un momento, y cuando volvió a levantarla, había algo distinto en sus ojos — la misma intensidad de años atrás, pero más consciente ahora, más decidida. "Yo tampoco," admitió. "Y llevo semanas dándole vueltas a si esto era buena idea."
"¿Y? ¿Lo era?"
Él no respondió con palabras. Dio el paso que los separaba, y esta vez el abrazo se alargó mucho más de lo que cualquier reencuentro casual necesitaría. Cuando finalmente se separaron lo suficiente para mirarse, ninguno hizo el esfuerzo de fingir que aquello era solo nostalgia. Sus caras estaban demasiado cerca, y el beso llegó casi como una continuación natural del abrazo — lento, sin prisa, como si tuvieran otra vez todo el tiempo del mundo que una vez pensaron haber perdido.
Las rosas quedaron olvidadas contra el pecho de ella, aplastadas entre los dos cuerpos que finalmente dejaban de fingir distancia. Ninguno de los dos se acordó de entrar a la cafetería esa noche. En cambio, caminaron juntos, sin rumbo fijo, con las manos entrelazadas como si nunca las hubieran soltado, hablando de todo lo que se habían perdido y de todo lo que, quizás, todavía tenían tiempo de recuperar.