El balcón lejos del ruido
El ruido de la fiesta se había vuelto insoportable, esa mezcla de música demasiado alta y conversaciones gritadas que hacía que ella necesitara un respiro. Se escabulló hacia el balcón del departamento, esperando encontrarlo vacío, y en cambio encontró a un hombre apoyado contra el barandal, mirando la ciudad con la misma expresión de alivio que ella imaginaba tener en su propia cara.
"¿También escapando?" preguntó él, sin sorprenderse por la interrupción.
"Necesitaba un minuto de silencio," admitió ella, acercándose al barandal, dejando una distancia prudente entre los dos. "No conozco a casi nadie ahí adentro."
"Yo tampoco," confesó él. "Vine con un amigo que desapareció hace una hora."
La ciudad se extendía debajo de ellos, un mar de luces que hacía que la fiesta a sus espaldas se sintiera lejana, casi irreal. Hablaron de nada en particular al principio — el clima, la vista, lo extraño que era estar rodeado de tanta gente y sentirse tan solo — pero la conversación fue tomando una honestidad que ninguno de los dos esperaba encontrar esa noche.
Ella le contó de un trabajo que la tenía agotada. Él le habló de una mudanza reciente que todavía lo tenía desorientado en la ciudad. Poco a poco, la distancia prudente entre ambos se fue acortando, no de manera consciente sino como resultado natural de acercarse para escucharse mejor sobre el sonido apagado de la música que llegaba desde adentro.
"Es curioso," dijo él en algún momento, "vine a esta fiesta sin ganas de hablar con nadie, y ahora no quiero que esta conversación se acabe."
Ella sonrió, sintiendo el mismo impulso pero sin decirlo todavía. "Los balcones tienen ese efecto, creo. Todo se siente más honesto lejos del ruido."
El viento fresco de la noche le movió el cabello sobre la cara, y él, sin pensarlo demasiado, extendió la mano para apartárselo, dejando los dedos un instante de más contra su mejilla. Ella no se apartó, y el gesto simple pareció cambiar algo en el aire entre ellos — una tensión nueva que ninguno de los dos había estado buscando pero que tampoco quería ignorar.
"Perdón," dijo él, retirando la mano despacio. "No sé qué me pasó."
"No te disculpes," respondió ella, con la voz más baja de lo que pretendía. "No me molestó."
La confesión quedó flotando entre ellos, cargada de una posibilidad que ambos sentían pero que ninguno se atrevía a nombrar todavía. Él se acercó un paso, reduciendo la distancia que quedaba entre los dos cuerpos, y ella no retrocedió, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que competía con la música de fondo.
"¿Puedo intentarlo otra vez?" preguntó él, con una media sonrisa que escondía nervios genuinos.
Ella respondió inclinando la cabeza hacia su mano en vez de con palabras, dejando que sus dedos volvieran a rozar su mejilla, esta vez sin ninguna disculpa de por medio. La ciudad seguía brillando debajo de ellos, la fiesta seguía sonando a sus espaldas, pero en ese pequeño espacio del balcón, el mundo se había reducido a la distancia cada vez más pequeña entre sus dos caras.
Cuando finalmente se besaron, fue lento, casi tímido, como si ambos quisieran memorizar cada segundo de un encuentro que ninguno había planeado pero que, en retrospectiva, se sentía completamente inevitable.