El mismo libro, dos manos
Sus dedos se rozaron sobre el lomo del mismo libro, ambos alcanzando el último ejemplar disponible en el estante de novedades de la librería, casi vacía a esa hora de la tarde entre semana. Ella retiró la mano por instinto, disculpándose, pero él sonrió y la invitó a quedárselo con un gesto casual de la mano.
"Insisto," dijo ella, negando con la cabeza. "Tú lo viste primero."
"Lo dudo mucho," respondió él, "pero podemos resolverlo de otra manera. ¿Ya lo leíste?"
La pregunta abrió una conversación que ninguno de los dos esperaba tener esa tarde. Resultó que ambos eran fanáticos del mismo autor, con opiniones fuertes y distintas sobre cuál de sus libros era el mejor, y la discusión se extendió mientras caminaban juntos por los pasillos de la librería, cada vez alejándose más del motivo original que los había reunido.
Ella nunca había conocido a alguien que discutiera de libros con tanta pasión sin sonar pretencioso, y él encontraba en ella una agudeza que lo hacía olvidar por completo la hora que llevaban ahí parados entre los estantes. En algún momento, terminaron sentados en el pequeño rincón de lectura que la librería tenía al fondo, dos sillones desgastados frente a una ventana que dejaba entrar la luz dorada de la tarde.
La conversación se fue volviendo más personal con el paso de los minutos — de libros a películas, de películas a las cosas que cada uno buscaba y no encontraba en la ciudad, de ahí a confesiones más íntimas sobre lo solitario que podía sentirse encontrar a alguien que realmente entendiera las cosas que a uno le importaban.
"Es raro," dijo ella en algún momento, "llevamos aquí sentados casi dos horas y siento que te conozco de hace mucho más tiempo."
"Yo estaba pensando exactamente lo mismo," admitió él, con una sonrisa que revelaba más nervios de los que su tono casual sugería.
La luz de la tarde empezó a cambiar de dorada a naranja, señal de que el día se acababa, pero ninguno de los dos hizo el ademán de levantarse. Al contrario, se acercaron un poco más en la conversación, sus rodillas casi tocándose entre los dos sillones, sus voces bajando de volumen como si el momento pidiera intimidad en vez de la charla animada de antes.
Él estiró la mano en algún punto de la conversación, aparentemente para señalar algo en la portada del libro que ella todavía sostenía, pero sus dedos terminaron rozando los de ella sobre la cubierta, y esta vez ninguno de los dos retiró la mano.
"Creo que deberíamos resolver esto del libro de una vez por todas," dijo él, con la voz más baja, sin apartar los dedos de los de ella.
"¿Cómo propones resolverlo?" preguntó ella, sintiendo el pulso acelerarse con cada segundo que sus manos permanecían juntas sobre la portada.
"Podría comprarlo yo, y tú vienes a mi departamento a leerlo conmigo," propuso él, con una sonrisa que dejaba claro que la lectura era apenas una excusa.
Ella se rió, pero no negó con la cabeza. "Eso suena a una estrategia muy elaborada solo para un libro."
"No es solo por el libro," admitió él, acercándose lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su cercanía. "Aunque el libro ayuda de excusa."
Cuando finalmente se levantaron del rincón de lectura, caminaron juntos hacia la caja, todavía discutiendo, todavía riendo, con las manos rozándose cada tanto de forma que ya no tenía nada de accidental. La librería cerraría pronto, pero ninguno de los dos tenía prisa por que la tarde se acabara ahí.