24 Jul, 2026

El último baile de la boda

El último baile de la boda

La habían sentado junto a él en la mesa de "los solteros" — esa mesa incómoda que toda boda reserva para los invitados sin pareja, generalmente colocada lo más lejos posible de la pista de baile. Se presentaron con la cortesía obligada de dos desconocidos forzados a compartir mantel, sin ninguna expectativa de que la noche fuera a ser distinta a cualquier otra boda ajena.

Pero la conversación fluyó de una manera que ninguno de los dos esperaba. Él tenía un humor seco que la hacía reír de verdad, no la risa cortés de compromiso social, y ella tenía esa capacidad de escuchar con atención genuina que él no encontraba seguido. Para cuando sirvieron el postre, ya habían movido las sillas para quedar más cerca, ignorando por completo al resto de la mesa.

Cuando la banda empezó a tocar canciones más movidas, el resto de los invitados se fue llenando la pista, y ella se sorprendió a sí misma aceptando su mano cuando él, con una media sonrisa insegura, le preguntó si quería bailar.

Bailaron sin ninguna pretensión al principio, riéndose de sus propios pasos torpes, dejando que la música los llevara sin ningún plan real. Pero conforme avanzaba la noche y las canciones se volvían más lentas, la distancia entre ellos se fue acortando sin que ninguno lo decidiera conscientemente — simplemente sucedió, como sucede la gravedad.

Durante una canción particularmente lenta, él la atrajo un poco más cerca, con una mano en su espalda baja que la hizo sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón. Ella apoyó la cabeza en su hombro sin pensarlo demasiado, dejándose llevar por el ritmo y por algo más que empezaba a sentir en el estómago.

"¿Sabes lo raro que es esto?" preguntó ella, con la voz amortiguada contra su hombro. "Llegué a esta boda sin conocer a nadie."

"Y ahora no quieres que se acabe," completó él, no como pregunta sino como constatación.

Ella levantó la cabeza para mirarlo, sorprendida de lo acertado del comentario. "¿Tan obvia soy?"

"Tan obvio soy yo también," respondió él, sin apartar la mirada. "Llevo la última hora buscando excusas para seguir bailando contigo."

La canción cambió a algo todavía más lento, y ninguno de los dos hizo el amago de separarse ni de buscar una mesa donde sentarse. Al contrario, él la acercó un poco más, y ella sintió que su corazón latía con una fuerza que competía con la música de fondo.

Salieron juntos a la terraza cuando el calor de la pista se volvió demasiado, buscando el aire fresco de la noche. Las luces de la fiesta se colaban por los ventanales, pintando sombras suaves sobre su cara mientras hablaban en voz baja, cada vez más cerca uno del otro.

"Nunca pensé que terminaría la noche así," admitió ella, apoyada contra el barandal, sintiendo su presencia cerca sin necesidad de mirarlo directamente.

"¿Así cómo?" preguntó él, acercándose un paso más.

"Sin querer que se acabe."

Él no dijo nada más. Levantó la mano despacio para acomodarle un mechón de cabello que el viento le había movido, dejando los dedos un instante de más contra su mejilla. Ella cerró los ojos brevemente, sintiendo la calidez de ese gesto simple multiplicarse en algo mucho más grande.

Cuando finalmente sus labios se encontraron, la música de la fiesta seguía sonando de fondo, lejana ya, como si perteneciera a otra noche completamente distinta a la que estaban viviendo ahora, apenas los dos, en esa terraza donde el tiempo parecía haberse detenido justo para ellos.

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