El vuelo de las 23:40
La pantalla cambió de "A tiempo" a "Cancelado" justo cuando ella se acomodaba en la fila de embarque, y un coro de suspiros resignados recorrió la sala. Buscó con la mirada algún lugar donde sentarse mientras esperaba las instrucciones del mostrador, y fue entonces cuando lo vio: el mismo hombre que había estado sentado frente a ella en la sala de espera, con el mismo gesto de fastidio resignado, ahora también varado hasta el próximo vuelo, nueve horas después.
"¿También tú?", preguntó él, señalando la pantalla con la cabeza, y ella asintió con una sonrisa cansada que decía más resignación que otra cosa.
Terminaron compartiendo una mesa en la cafetería del aeropuerto casi vacía a esa hora, dos cafés que ninguno necesitaba pero que servían de excusa para quedarse sentados uno frente al otro. La conversación empezó como todas las de aeropuerto — a dónde iban, de dónde venían, la mala suerte de la aerolínea — pero fue derivando, poco a poco, hacia terreno más personal, esa clase de honestidad fácil que surge entre desconocidos que saben que probablemente nunca se volverán a ver.
Le contó de un trabajo que ya no la llenaba. Él le habló de una relación que había terminado hacía meses y de la que apenas empezaba a sentirse libre. Las horas pasaron distinto de lo que ninguno esperaba — no como una espera tediosa, sino como un paréntesis inesperado, una noche fuera del tiempo real, donde nada de lo que dijeran tendría consecuencias al día siguiente.
Caminaron juntos por las tiendas cerradas, matando el tiempo, riendo de las cosas absurdas que se venden en las tiendas libres de impuestos a la una de la madrugada. En algún momento, sin que ninguno lo planeara, sus hombros empezaron a rozarse al caminar, y ninguno de los dos se apartó.
Encontraron una zona de asientos vacía, lejos del bullicio de la sala principal, y se sentaron ahí, cada vez más cerca, hablando en voz baja como si el resto del aeropuerto pudiera escucharlos. Ella se quitó los zapatos y dobló las piernas bajo el cuerpo, acomodándose de lado para poder mirarlo mientras hablaban.
"Es extraño," dijo él en algún momento, con la voz más baja, "siento que te conozco de hace mucho más que cuatro horas."
"Los aeropuertos hacen eso," respondió ella, aunque en el fondo sabía que no era solo el lugar. Era él — la forma en que escuchaba de verdad, la manera en que su atención nunca se distraía, ni siquiera cuando anunciaban vuelos por el altavoz cada pocos minutos.
Pasada la medianoche, el cansancio empezó a mezclarse con algo más — una cercanía que ya no tenía nada que ver con matar el tiempo. Ella se recargó, casi sin pensarlo, contra su hombro, y él no se movió, dejando que se quedara ahí mientras el aeropuerto se iba vaciando a su alrededor.
"Si perdiéramos también este vuelo," dijo ella, medio en broma, medio no, "no creo que me importara tanto."
Él giró la cabeza para mirarla, y la distancia entre sus caras se redujo a algo que ya no se podía explicar con la excusa del cansancio o la cercanía casual de dos asientos de aeropuerto. Sus miradas se sostuvieron un momento demasiado largo para ser accidental, y ella sintió que el corazón se le aceleraba de una manera que ningún café de aeropuerto podía justificar.
Cuando finalmente anunciaron el abordaje de su vuelo, ninguno de los dos se movió de inmediato. Se quedaron ahí, sentados, con esa mezcla de urgencia y renuencia de quien sabe que el tiempo se acaba y todavía no ha dicho lo que de verdad quiere decir.
"Supongo que este es el momento en que intercambiamos números," dijo él finalmente, con media sonrisa nerviosa.
Ella sacó su teléfono sin decir nada, y cuando sus dedos se rozaron al pasárselo, ninguno de los dos fingió que había sido accidental. El vuelo los esperaba, pero por primera vez en toda la noche, a ninguno de los dos le urgía que llegara.