31 Jul, 2026

La videollamada que se alargó

La videollamada que se alargó

La junta de trabajo había terminado hacía diez minutos, y el resto de los participantes se había desconectado uno por uno, pero ella y su colega de otra ciudad seguían en la videollamada, terminando de comentar los últimos detalles del proyecto que compartían. La conversación de trabajo, sin embargo, se fue diluyendo poco a poco hacia terreno más personal.

Llevaban meses trabajando juntos a distancia, con una química evidente en cada llamada que ninguno de los dos había nombrado directamente, limitándose a bromas coquetas que ambos fingían no notar demasiado. Pero esa noche, tarde ya, con las oficinas del resto del equipo cerradas y solo la luz de sus propias lámparas iluminando sus caras en la pantalla, la conversación tomó un tono distinto.

"Deberíamos colgar," dijo ella en algún momento, sin ninguna intención real de hacerlo. "Ya es tarde."

"Podríamos," respondió él, con una sonrisa que sugería que tampoco tenía intención de terminar la llamada. "Aunque no quiero."

La confesión, simple como era, llevaba semanas de tensión acumulada detrás. Ella se recostó un poco más en su silla, acercando la cámara sin darse cuenta, y él hizo lo mismo, como si ambos quisieran reducir la distancia virtual que los separaba, aunque fuera solo de manera simbólica.

"He disfrutado mucho trabajar contigo estos meses," admitió ella, con una honestidad que la pantalla, extrañamente, parecía facilitar más que una conversación cara a cara.

"Yo también," dijo él, "aunque a veces me distraigo más de lo que debería en nuestras juntas."

"¿Distraes con qué?" preguntó ella, con una sonrisa que sabía perfectamente la respuesta pero quería escucharla de todas formas.

Él dudó un momento antes de responder, como si sopesara si cruzar esa línea profesional que ambos habían mantenido cuidadosamente durante meses. "Contigo," admitió finalmente. "Con la forma en que sonríes cuando alguien dice algo que te parece absurdo en la junta."

La confesión la tomó por sorpresa, aunque en el fondo era exactamente lo que había esperado escuchar. Sintió que el calor le subía por el cuello, y supo que la cámara probablemente lo estaba captando, pero ya no le importaba demasiado la profesionalidad que había mantenido tan cuidadosamente hasta ese momento.

"Yo también me distraigo," confesó ella, la voz más baja de lo habitual. "Contigo."

El silencio que siguió se sintió cargado de una tensión que ninguna videollamada de trabajo debería tener, pero que ninguno de los dos quería romper. Se miraron a través de la pantalla, cada uno en su propia ciudad, separados por cientos de kilómetros pero conectados de una manera que ninguna distancia física parecía capaz de disminuir.

"Ojalá estuvieras aquí," dijo él finalmente, con una vulnerabilidad que rompía por completo el tono profesional habitual entre ellos.

"Yo también lo desearía," admitió ella, sintiendo que la distancia se volvía, de pronto, mucho más frustrante que nunca antes.

Hablaron hasta tarde esa noche, la conversación derivando cada vez más lejos del trabajo y más cerca de todo lo que llevaban meses sin decirse, hasta que finalmente, cerca de la medianoche, acordaron que el próximo viaje de trabajo a la misma ciudad ya no sería solo por negocios. Cuando finalmente colgaron, ninguno de los dos podía dejar de sonreír frente a su pantalla vacía.

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