Lluvia en la ventana
La lluvia empezó de golpe, sin aviso, justo cuando ella salía del trabajo. Corrió las últimas cuadras hasta el edificio, el paraguas más un estorbo que una ayuda contra el viento que lo volteaba a cada rato, y terminó refugiada en su departamento antes de lo previsto, con el plan de la noche completamente cambiado y un mensaje suyo todavía sin responder en la pantalla del teléfono.
Se cambió la ropa mojada por algo cómodo, puso agua a calentar para un té, y solo entonces se permitió mirar de nuevo el mensaje que llevaba ahí desde antes de salir del trabajo: "¿puedo ir a verte cuando pare de llover?" Lo había leído ya varias veces durante el día, cada vez sintiendo una versión distinta de la misma inquietud — parte nervios, parte ganas, parte esa incertidumbre dulce de no saber exactamente qué esperar de la noche.
Se sentó junto a la ventana, con la taza de té entre las manos, viendo cómo el agua dibujaba caminos irregulares sobre el cristal. Llevaba ahí veinte minutos sin responder, y ella no sabía si la demora era duda genuina o el placer de hacerlo esperar un poco, de dejar que la anticipación se acumulara de ambos lados antes de decidir cómo seguir.
Afuera, la ciudad se había vuelto borrosa, todo grises y luces reflejadas en el pavimento mojado. Adentro, el silencio del departamento se sentía distinto esa noche — cargado, expectante, como si la lluvia misma estuviera reteniendo algo que quería pasar y no encontraba el momento justo.
Pensó en las últimas semanas, en cómo lo que empezó como algo casual se había ido volviendo cada vez más intenso sin que ninguno de los dos lo planeara. Cada encuentro dejaba una sensación de que faltaba algo, de que ambos estaban conteniéndose por alguna razón que ya no tenía mucho sentido. Tal vez la lluvia, con su excusa perfecta para quedarse encerrados, era justo lo que necesitaban para dejar de contenerse.
Tomó el teléfono varias veces, empezó a escribir una respuesta y la borró, sin encontrar las palabras exactas que quería usar. Finalmente, cuando el té ya se había enfriado un poco, escribió: "no esperes a que pare." Lo envió antes de poder arrepentirse, y se quedó mirando la pantalla, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido con cada minuto que pasaba sin respuesta.
Los minutos se estiraron. Se levantó, acomodó unos cojines que no necesitaban acomodo, revisó su reflejo en el espejo del pasillo sin saber muy bien qué estaba buscando corregir. Cuando finalmente el teléfono vibró, casi se le cae de las manos: "voy en camino."
Faltaban veinte minutos, quizás treinta con el tráfico de la lluvia, y ella los pasó en un estado extraño entre la calma y los nervios, encendiendo una vela solo porque le pareció que la ocasión lo pedía, apagando la luz principal del departamento para dejar solo la lámpara de pie encendida. Cuando finalmente sonó el timbre, tardó un segundo de más en abrir la puerta, tomándose ese instante para respirar antes de enfrentarse a lo que fuera que esa noche estuviera por empezar.
Él llegó empapado, el pelo pegado a la frente, disculpándose por no haber traído paraguas. Ella no dijo nada — simplemente lo dejó pasar, cerró la puerta detrás de él, y por primera vez en semanas, ninguno de los dos se molestó en fingir que estaban ahí solo para esperar que parara de llover.
La lluvia no paró en toda la noche. A ella, sinceramente, dejó de importarle bastante rápido.