Si alguien te pide una sola película para empezar, es esta. Carol (2015), de Todd Haynes, con Cate Blanchett y Rooney Mara, es la adaptación de El precio de la sal, la novela que Patricia Highsmith publicó en 1952 bajo el seudónimo de Claire Morgan porque firmarla con su nombre le habría costado la carrera.
De qué va, sin arruinarla
Nueva York, principios de los cincuenta. Una joven que trabaja en la juguetería de unos grandes almacenes atiende a una mujer mayor que ella, elegante y en mitad de un divorcio. La mujer olvida sus guantes en el mostrador. La joven se los devuelve. Todo lo que sigue nace de ese gesto.
Por qué funciona
Casi nada se dice en voz alta. El deseo se transmite en cómo una mira cuando la otra no la ve, en la distancia entre dos personas sentadas en un coche, en el tiempo que tarda una mano en llegar a un hombro. La película confía en que la espectadora está leyendo esas señales, y esa confianza es lo que la vuelve íntima.
Importa también lo que hace la película con el conflicto. No hay villanos convencionales: hay una época, un sistema legal y una idea de familia que aplasta sin necesidad de que nadie haga de malo. Y hay una decisión, la que toma Carol en el último tercio, que es de las más adultas que se han filmado sobre lo que cuesta sostener quién eres.
La novela importa
Highsmith contó que la historia nació de un encuentro real y fugaz con una clienta mientras trabajaba en una tienda. Lo que hizo entonces fue radical: escribió una novela sobre dos mujeres que no acababa en suicidio, en manicomio ni en arrepentimiento, en una época en la que ese era prácticamente el único desenlace permitido. Le llegaron cartas de lectoras durante décadas.
Para qué momento sirve
Es una película de invierno, de sofá y de atención completa. No es de fondo mientras haces otra cosa: si te pierdes las miradas, te pierdes la película. Y funciona muy bien acompañada, porque deja mucho de qué hablar cuando termina.