Retrato de una mujer en llamas (2019), de Céline Sciamma, es la película que suele citarse cuando alguien intenta explicar qué significa que una historia de deseo entre mujeres esté contada desde dentro. Ganó el premio al guion en Cannes y desde entonces no ha dejado de aparecer en las listas.
El planteamiento
Bretaña, siglo XVIII. Una pintora llega a una isla con un encargo: retratar a una joven que va a casarse, y hacerlo a escondidas, porque la joven se niega a posar. La pintora tiene que observarla durante el día, memorizarla, y pintarla de noche. Toda la primera mitad de la película consiste, literalmente, en una mujer mirando a otra con una excusa.
Por qué esa premisa lo cambia todo
Sciamma convierte el acto de mirar en el motor del deseo, y al hacerlo pone a la espectadora en el mismo lugar que la protagonista. No estás viendo a dos mujeres: estás mirando con una de ellas. Es un giro sencillo de enunciar y difícil de ejecutar, y explica por qué la película se siente tan distinta de otras del mismo tema.
Hay otro detalle que se comenta poco: en toda la película apenas aparecen hombres. No como declaración panfletaria, sino como consecuencia del relato. El resultado es un mundo donde las mujeres cocinan, discuten, se ayudan en un aborto y se enamoran sin que nadie las esté evaluando desde fuera.
El final
No lo contamos. Solo esto: el plano último es de los más comentados del cine reciente y depende por completo de que hayas prestado atención a algo que la película te dijo una hora antes. Merece verse sin distracciones.
Para qué momento sirve
Es lenta a propósito y pide paciencia en los primeros veinte minutos. Si la ves cansada, se te caerá. Si la ves entera y con atención, es de las que dejan huella durante días.