Disobedience (2017), del chileno Sebastián Lelio, adapta la novela de Naomi Alderman. Una fotógrafa que vive en Nueva York vuelve a Londres por la muerte de su padre, rabino de una comunidad judía ortodoxa de la que ella se marchó años atrás. Allí se reencuentra con la mujer con la que tuvo una relación en la adolescencia, ahora casada con el mejor amigo de ambas.
El conflicto real
La película no va de una comunidad malvada. Va de algo más incómodo: de personas queridas, de una vida que tiene sentido para quien la vive, y de un deseo que no cabe ahí dentro. Los tres protagonistas tienen razones, y ninguna de las tres es despreciable. Eso vuelve la historia mucho más difícil de resolver, y mucho más parecida a la vida.
La palabra del título
El discurso final de uno de los personajes, en la sinagoga, es la clave de toda la película: sobre la libertad de elegir como aquello que nos distingue, y sobre lo que significa ejercerla cuando el precio es la comunidad entera. Es un cierre que evita el moralismo fácil en las dos direcciones.
Sobre su escena más comentada
Tiene una escena de sexo que se comentó mucho por lo específica y lo poco decorativa que es. Está filmada con un cuidado notable en el detalle de lo que hacen y de lo que significa para cada una en ese momento de sus vidas. Es un buen ejemplo de erotismo que sirve a la historia en vez de interrumpirla.
Para qué momento sirve
Es contenida, sin estridencias, con una fotografía gris y lluviosa que le va bien. Buena para ver sola y quedarse pensando.